La Ruta del Sol ... de gira hasta El Mató

Por Walter Lezcano



Amanece con los muertos…

Tenía doce años cuando fui a mi primer recital. Fue en el microestadio de Ferro. Tocaban Los Piojos, una banda que, a veces pasa, ahora no me gusta nada. Como no encontré a nadie que me acompañara tuve que ir sólo. Unos días antes me había comprado Tercer arco. Y los días previos al recital lo escuché tantas veces que hasta mi vieja se aprendió los temas.

Era un sábado soleado. Salí temprano de Calzada, era un viaje largo hasta Caballito. Fui caminando las veinte cuadras hasta la estación de trenes para tomar la chanchita y pensaba que una gran aventura estaba arrancando.

En Constitución me tomé el subte y vi un para de personas con remeras de Los Piojos. Estaban luqueados para la ocasión: el flequillito, el pañuelito en el cuello, el yin gastado y las toper blanca o celestes. Me pareció tan bella esa imagen que sentí envidia por ellos. Miré mi pilcha y parecía que iba a ver a mi abuela al geriátrico.

No sabía donde quedaba Ferro, mi plan era ir preguntando, así que pensé que lo mejor era seguir al grupito, ellos parecían tenerla clara.

Llegamos hicimos la cola y para hacer tiempo la gente se puso a cantar temas de Los Piojos, otros tomaban cerveza o fumaban porro o se cagaban de risa. Sin pensarlo mucho ni darme cuenta me vi involucrado con esa comunión de seres desconocidos que estaba forjándose. Alguien me convidó cerveza y me preguntó cuál era el tema que más me gustaba, y nos pusimos a chamuyar de cualquier cosa mientras otro decía que había que hacer una vaquita para comprar un par más de birra.

Cuando entramos los perdí pero inmediatamente me puse a hablar con otros que me preguntaba cuántas veces había ido a ver a Los Piojos. Es mi primera vez, contesté y me dijeron bien ahí, loco.

Cuando se apagaron las luces del lugar la gente empezó a gritar y yo también lo hice, por supuesto. Y salió Ciro y dijo buenas noches y yo supe en ese preciso instante que la vida podía ser hermosa cuando se la vive de esa manera: compartiendo con los demás un momento único e irrepetible.


Vienen bajando, las multitudes inquietas…



Cuando pasé a tercer año de la técnica tres de Solano me empecé a juntar con unos chabones a los que sólo les gustaba pasarse cajitas de vino en una esquina e ir a recitales. Por fin había encontrado mi lugar. Pero como la perfección no existe en este mundo había un problemita, a ellos les cabía el jevi, y yo era más del palo rockero. No me importó, porque a los trece años lo único que quería era encajar y formar parte de alguna banda de pibes que se moviera como si no existieran los padres.

Tenían el pelo largo, se vestían todos de negro y calzaban toper negras o borcegos. Parecía que era un uniforme reglamentario, como la SS pero desarreglados y sin brillo. Yo hacía lo que podía con mi apariencia porque en mi casa me compraban la pilcha que se podía pagar, no la que yo pedía. Todo bien, los pibes no me decían nada y me dejaban estar con ellos.

Todos los sábados íbamos a cualquier bar a ver esas bandas que nos pasaban del segundo recital, pero que hacían mucho ruido y uno iba porque daba gusto ver a un conocido saber tocar un instrumento y poner algunas palabras y gritarle a un micrófono y hacer muchos covers para que nadie se aburra.

Hasta que un día uno trajo un casete del primer disco de La Renga, lo puso diciendo me dijeron que está bueno, y a todos nos partió la cabeza. Parecía que ese sonido tenía todo lo que estábamos pidiendo y no encontrábamos por ningún lado. Fuerza, imaginación, rudeza, violencia, desafío. Desde ese momento la convertimos en nuestra banda y fuimos todos lados a verlos. Pero cuando digo todos quiero decir absolutamente todos.

El día del recital nos juntábamos al mediodía en la casa de alguno, comíamos lo que había, poníamos La Renga y hacíamos tiempo hasta la hora de salir. Fueron dos años así. Durante todo ese tiempo esos chicos se convirtieron en mis hermanos y pude contar con ellos cada vez que se me caía la botella y el suelo se movía demasiado. Aprendimos a conocernos y a bancarnos sin importar nada porque nunca se deja tirado a nadie. Vamos y volvemos juntos, decíamos con orgullo.

Cuando encuentro gente grande que me cuenta de cómo seguía a los Redondos como si fuera la gran cosa yo les hablo de cuando seguíamos a La Renga y nos trenzamos para ver cuál de los dos vivió la gran Epopeya.



…diamante…


A Patri la conocí, averigüé su teléfono y la llamé para invitarla a un recital que se hacía en una casa de Mármol, no sabía dónde más podía ir a pasarla bien con alguien, me parecía el mejor plan. Ella me escuchó y después hizo el silencio más largo de la historia y yo supe que al final de ese túnel se venía un tren a toda velocidad para destrozarme. No era la primera mujer que hacía de torero con mis esperanzas. Me repuse con una pequeña molestia en el pecho y seguí como si la vida no fuera exactamente eso que acababa de pasar: deseos incumplidos.

La siguiente vez que Patri apareció estaba contenta. Yo no podía mantener la sonrisa, así que pensé mejor me voy al carajo. Cuando me paré, ella se acercó y me preguntó si me iba al recital de Mármol. Sí, le contesté y pensé ¿qué onda esta pendeja? Bueno, vamos, me dijo muy tranquila y decidida.

Lo que pasó después fue un increíble final feliz a las tres de la mañana mientras unos pibes vestidos de traje tocaban temas de Fun People. Y, sí, otra vez un recital que hace que las cosa vayan mucho mejor.



Despertate que ya me voy…


Y cuando La Renga y Los Piojos dejaron de gustarme me quedé huérfano. Ellos siguieron haciendo música pero a mí ya no me importaban esos discos. Crecimos de manera diferente y nos alejamos. Pero cada vez que escucho un tema de ellos por la calle o en alguna casa del barrio, me agarra una nostalgia sutil y dulce. Ahí está mi pasado y con eso no se jode.

De todas maneras seguí yendo a recitales, de bandas de acá y de afuera, pero no había ninguna que me dieran ganas de seguirle la huella, de estar ahí cuando mostraran la jeta y le pegaran a sus instrumentos.

No me importaba porque sabía que la música era un mundo que, como la literatura, era inabarcable y siempre había algo por descubrir. Me gusta mucho que sea así, que el fin no esté cerca.



Sos mucho mejor que los demás…


Primero fue el nombre largo y desconcertante: Él Mató a un Policía Motorizado. ¿Qué tipo de música puede hacer una banda que se llama así? No le dimos mucha vuelta al asunto y con Patri conseguimos el primer disco. No había imágenes de la banda sino una foto con espíritu warholiano. Lo escuchamos, y cuando terminó lo pusimos de vuelta. Lo que sentimos ahí, acostados en la piecita que alquilábamos por entonces se hace difícil de explicar porque fueron todas sensaciones placenteras. Se trataba de algo nuevo en nuestras vidas que había llegado para quedarse.

En Era el cielo de Bizzio hay una parte en donde una mujer le dice a su marido, deseando para su hijo:

—Ojalá que él tenga algo así como lo que nosotros tuvimos con los Beatles.

Creo ver en esas palabras, no solo un deseo sublime, sino también lo posibilidad de que uno encuentre la banda de sonido para su vida (puede ser Belle and Sebastian, The Strokes, Deep Purple, Las Pastillas del Abuelo, puede ser cualquiera. Una vez un pibe me dijo que las canciones de Damas gratis lo ayudaron a sobrevivir en la cárcel), esa música que se hace importante porque uno está feliz de vivir la misma época en que ciertos grupos van sacando discos y temas, y que cada persona lo convierte en algo propio y vital, en definitiva, en un gran evento.

Algo de eso nos pasó con El Mató. Y como nos había gustado tanto el disco los empezamos a ir ver en vivo, y esa experiencia fue la que nos mostró lo que ya sabíamos, que un disco es una de las posibilidades que tienen los temas de ejecutarse, que se pueden mejorar, nos gustó mucho más.

Después fue saliendo la trilogía y la cosa se puso espesa porque nos sentimos en sintonía con un grupo de gente que parecía estar sintiendo lo mismo que nosotros. Creció la familia. Y en un barcito que siempre hay cerca de donde toquen nos preguntábamos con algunos pibes ¿cuántas bandas trabajan un concepto recuperando el formato EP? ¿Y da para hablar de las influencias musicales que van desde Spinetta hasta Guided by voices lo que les da un sonido de culto y erudito? ¿Y cuántos grupos le dan tanta importancia a la parte gráfica como bombardeo de imágenes psicodélicas y delimitación de un terreno donde pararse para hablarle al mundo? Creo que hay que remitirse a Los Redondos, otros que salieron de La Plata, ciudad estudiantil, artística y fascinante. Y me parece que El Mató es la banda más importante de esos lares desde Los Redondos de Ricota, sin lugar a dudas.

Los tres últimos recitales de El Mató en Capital fueron extraordinarios porque se fue mostrando lo que viene, temas nuevos. Los pibes se toman su tiempo, dos años desde su anterior disco, por que son independientes y eso significa que disponen de sus horas como se les canta el orto.

Mientras tanto con Patri ya vamos sacando la entrada para el próximo recital como quien se prepara para esas citas ineludibles que te organizan la vida y marcan el tiempo de tu vida. Y todos merecemos algo como eso, encontrar una banda, amarla, seguirla y compartirla, y con belleza, me la juego en esta, la vida se hace más llevadera.



4 comentarios:

31 de marzo de 2011 00:30 Anónimo dijo...

A los 13 años pasaste a tercero?
Daaaaaaaale.


(La memoria deforma, y no solo lo referido al tiempo; también esas sensaciones adolescentes...)

1 de abril de 2011 07:35 diego.ve dijo...

amigo, no se de qué parte del texto deducís que a los 13 pasó a tercero. Se cuenta que a los 12 pasó tal cosa y después se hace un salto a cuando pasó a tercero. Lee bien. Gran texto Walter!

1 de abril de 2011 08:48 Anónimo dijo...

Cuando pasé a tercer año de la técnica tres de Solano me empecé a juntar con unos chabones a los que sólo les gustaba pasarse cajitas de vino en una esquina e ir a recitales. Por fin había encontrado mi lugar. Pero como la perfección no existe en este mundo había un problemita, a ellos les cabía el jevi, y yo era más del palo rockero. No me importó, porque a los trece años lo único que quería era encajar y formar parte de alguna banda de pibes que se moviera como si no existieran los padres.

No soy tan soberbio para decir "leé bien". Pero habla de cuando pasó a 3° y se emepzó a juntar con los heavies, siendo que él era rockero, y "eso no importó, porque a los 13 años"...

Coincido en que el texto está bueno- Bah, bueno... Me gustó, como que te va llevando a cada hecho y a cada sensación.

1 de abril de 2011 18:37 El Mago Capria dijo...

Es interesante el testimonio de este chico porque demuestra que se puede salir vivo de Los piojos, de que el cerebro no queda completamente quemado.