VIDA Y TRANSFIGURACION DE LA JOVEN GUARDIA (III). THE FINAL BATTLE.

Por Hernán Vanoli, Diego Vecino y el Presidente Gonzalo

Pasan los días, y las lecturas que van cayendo sobre Un grito de corazón no dejan de corroborarlo como un maravilloso dispositivo de transparencia social. Los furcios, los titubeos, los miedos y los malentendidos que genera el libro, así como la notable indigencia de las “polémicas” y “discusiones” que trataron de construirse en espacios marginales de la blogósfera y en el cuartel central de la derecha literaria, son canapés un poco desabridos que sin embargo corroboran la potencia, todavía vigente, del peronismo para dividir aguas y desenterrar posiciones, más que nada en el charquito literario. Entonces, lo primero que habría que aclarar es que se trata de un libro necesario. Y cuando decimos necesario no lo decimos porque “estuviera faltando”, ni porque los autores tengan “necesariamente” algo demasiado interesante por decir sobre el peronismo o la política o sobre algo, sino porque estos textos, y sus modalidades de circulación, que incluyen las lecturas que reciben, cifran una serie de reconfiguraciones en el subcampo de producción literaria juvenil, y al mismo tiempo refractan ciertos movimientos del lugar ocupado por la creencia literaria en la imaginación pública. Por eso, analizar algunos proyectos creadores que existen en la Joven Guardia, y pensar las tensiones entre estos proyectos y la posición que los autores ocupan en el campo de poder, es una contribución módica pero necesaria. Rastrear las condiciones de producción, en pocas palabras; avanzar hacia una ciencia de las obras, para ser un poco pedantes y homenajear al ethos blogger que muchos de los textos llevan como mochila. No hay suicido en esta operación, como asustadizamente se ha declarado en algún medio, intentando rescatar las gestas del pago chico y la mistificación; más bien hay alegría y deseo de que la construcción de valor literario se produzca con conciencia de su historicidad. Ahí es donde se juega la política, y ahí es donde se juega el riesgo: desvelando el proceso de producción de valor simbólico, la crítica no sólo permitiría destacar la singularidad de los proyectos creadores, determinados social e históricamente, sino que habilitaría un tipo de lectura desmitificadora orientada hacia una pedagogía racional, plebeya, nacional y popular.


Pero basta de epistemología. Larguemos, queridísimos, con el El Elegido, de Alejandro Caravario. Caravario no pertence, eso está claro, a la Joven Guardia. Su proyecto literario se encuentra por fuera de este segmento de mercado, pero el hecho de haber participado en esta antología nos habilita a leerlo desde ahí. Al que no le gusta, que se vaya a leer el blog de orquídeas de Pola Oloixarac (?). El Elegido, entonces, se inserta en una veta de la “nueva narrativa argentina” que podríamos clasificar, provisoriamente y antes de publicar nuestro mapa completito completito, de un anarquismo de clase media. Dotado, por cierto, de una fuerte cultura literaria y una estructura sentimental hija de la ideología del artista y del romanticismo. La actitud religiosa que trasunta a este tipo de escrituras entra y sale de la opacidad en el manejo del lenguaje, ama al conservador Gombrowicz, abomina al peronismo por resultarle poco aristocrático pero le otorga cierta condescendencia por su arraigo popular, tiene en su biblioteca El único y su propiedad, de Max Stirner, y dependiendo de su nivel de afrancesamiento y de elitismo mediopelo (del cual la inefable revista Otra Parte representa casi el grado máximo) simpatiza con las diferentes bohemias, ocupas, escupefuegos y demás trovadores de padres pudientes que suelen hacer sus gracias en los semáforos (no con los limpiavidrios, que molestan a menos que se los pueda estetizar desde la regresiva glorificación de lo marginal). También, y principalmente, considera que la literatura es un espacio de indeterminación y duda donde su individualidad puede desarrollarse por fuera de las presiones del mundo objetivo, del trabajo y, obvio, del mercado, e incluso puede oponerse al poder en actitudes cercanas al heroísmo, habilitadas por su fe en el liberalismo (libertario). De relación tortuosa con la institución universitaria, de la que se reniega pero de la cual se ansía reconocimiento, se trata, de todos modos, de un ethos orientado a la huida del mundo en la escritura. La misma, para los que andan dando vueltas por las diferentes aristas de este plan, casi todos estudiantes o ex estudiantes de letras, o muchas veces dotados de escasa educación formal y proclives a regodearse en un supuesto autodidactismo que no es otra cosa que una herejía calculada con respecto al capital simbólico heredado de sus padres, decíamos, la escritura es para estos autores un reducto de intimidad, de auto-dotación de un lenguaje opuesto a “la prosa del estado” o como se la quiera llamar (?). Aclaración para giles: no importa en lo más mínimo si Alejandro Caravario, que es un gran escritor y seguro una buena persona, piensa esto, y probablemente no sea así, pero el texto, y no Caravario, se inscribe en esta veta de la creencia literaria, idealmente tipificada, estable y pletórica de excepciones, y eso es lo que vamos a justificar ahora.


El Elegido, entonces, narra una fantasía de poder. El fantasista es Magnetus, alter ego del CEO del Grupo Clarín, construido como una suerte de autócrata en una Argentina distópica y dominada monopólicamente por el multimedio. Magnetus es un enfermo que abusa de los psicofármacos: poderoso, irascible, borrachín, maquiavélico, sujeto y víctima de una situación de poder que lo pudre por dentro, nos muestra un Perfil parecido, en suma, al del Chancellor de Star Wars. Su verdadero problema, como el de todos los enfermos de poder, es que no puede elaborar un lenguaje que esté a la altura de su deseo ni suscribir a una moral pública que lo trascienda. Magnetus sueña con Perón, y le reclama verbo: una palabra, una indicación, ya que intuye la necesidad de firmar un pacto (emergencia palpable, queridísimos, punta de iceberg del kirchnerismo y del contexto de producción). Pero, hete aquí la tragedia, todo lo que el peronismo –reducido por el texto al cadáver de Perón como resto zombie y metonimia del movimiento- le devuelve se juega en el plano de la imagen: una fantasmagoría. El peronismo como un espacio inenarrable que se difumina entre la a) memoria histórica de los sujetos vivos (comunidad organizada; promesa de felicidad), b) la mitología sobrenarrada por el decadentismo pop y muchas veces lacrimógeno de los prosumidores culturales y c) el terror gorila y mediático con el que se lo inocula en el cuerpo social, forzando un poco las cosas. La distopía, como siempre, habla del hoy: no existe límite entre realidad y ficción, sino una frontera móvil y porosa. Como tampoco existen Puntos de Vista firmes para delimitar el Pasado y el Presente, en alusión a Magnetto, a sus cómplices, a la dictadura ya la ley de servicios audiovisuales. Si el peronismo del texto se acerca a un sueño trasnochado en la mente del poder mediático, leer al cuento como “literatura kirchnerista” es otra muestra de inoperancia crítica mezclada con chochera; mientras que preguntarse si estos textos son o no son literatura kirchnerista, y si la literatura kirchnerista existe, es absolutamente irrelevante: lo que existe son formas de narrar el kirchnerismo, como cualquier otro proceso histórico, y lo interesante en todo caso es partir de la base de que antologías como esta, dados los procesos sociales que transparentan entendidas como objetos culturales y no como “literatura”, son en sí mismas una forma de narrarlo: las antologías como distopía anticipatoria con respecto al funcionamiento real de la ley de servicios audiovisuales. O, para decirlo directo: las hay nacidas del voluntarismo y las hay aprovechadas por el capital financiero internacional, que en un extraño ejercicio de psicología inversa, y abusando de la notable existencia de un ejército de reserva de escritores, literatos y afines que incluso pueden darse el lujo ocioso de editar chistosas revistas femeninas, las hace aparecer como un favor hacia los “elegidos”, por módicos emolumentos sólo comparables con la lumpenización periodística a la que esos mismos sujetos precarizados –muchos de ellos bloggers- se someten con infantil orgullo pour la gallerie. Pero volviendo, queridísimos, a El Elegido, el ritual pergeñado por el CEO lo muestra

“siempre atento al sencillo legado de la infancia, a las recetas clásicas surgidas y pulidas en el empirismo doméstico más que al acervo técnico de sus consejeros, Magnetus, sin embargo, esta vez, justo en este instante inaugural, rebosante de significaciones políticas y espirituales, se siente en pelotas”

Con Magnetus en babia gracias a los psicofármacos, el ritual, delirante y con ciertas continuidades lopezrreguistas, se interrumpe repentinamente cuando Rocamadour, ungido tras un casting en jefe de la resistencia peronista subsidiada, viene a recuperar el cuerpo del general. Más allá de la resolución del conflicto, o de su interrupción profética, El Elegido es un texto demasiado inteligente y demasiado alegórico, sutil en su ironía y un tanto obvio en algunas de sus metáforas, dueño de una poética que no deja de referenciarse en la gran narración de la resistencia cultural durante los noventas: hablamos, a no olvidarse, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Como rostro invertido de la alianza de clases que sostenía materialmente al menemismo (revindicado en una lectura happy puppet por muchos de los textos de la antología), es decir, generando un tejido de sentido que incluía a las clases medias progres lobotomizadas por el nefasto Nacional Buenos Aires y adyacencias temerosas al desempleo con sectores realmente excluidos del modelo económico, Los Redondos combinaron hermetismo en las letras con mística transhumante y nacional y popular: fenecido el menemismo, fenecidos los Redondos por idem causas, el texto de Caravario es un epitafio de esa combinación ya imposible que sin embargo fermenta como repertorio simbólico quizás actualizable –por ahora, no aparece quién pueda recoger esa herencia-, y que lleva ese hermetismo hipercodificado a sus fuentes de origen, esto es, a la bohemia intelectualizada, aunque en este caso sin la vocación de masividad ni de negreo presente en Skay y El Indio.

Poco se parecen, llegado el caso, los textos de Martín Rodríguez y de Luciano Lamberti. Pero es mucho lo que tienen en común, si se los mira desde una perspectiva correcta: representan, en cierto sentido, el anverso y el reverso de dos formas de codificar sentimentalmente la herencia maldita del peronismo, y sus posibilidades como promesa de redención. Comido por las hormigas, el texto de Lamberti, arranca sin preámbulos:

“Hay una guerra en mi barrio. Una guerra de blancos contra negros. O, mejor dicho: una guerra de gringos contra negros”

La guerra como hipérbole de la lucha por la imposición de sentidos, lo blanco y lo negro. Lo blanco y lo gringo, enfrentados a lo negro, o dicho en otras palabras, a lo plebeyo. Dos maneras de leer, también: del virtuosismo de la crítica universitaria y el enciclopedismo inoperante enredado en los dramas de la representación, a la lectura sociológica, desmitificante y, por eso, plebeya. Comido por las hormigas es una reescritura de Casa tomada, de Cortázar, pero lo que en ese texto era sugerencia, escapismo y alegoría se transforma ahora en violencia, enfrentamiento y lucha de clases entendidos como el núcleo traumático de lo social y de las narraciones sobre la comunidad; también, podría ser una corrección sincera a El niño proletario, de Lamborghini, donde lo que era masturbación lingüística y deseo infantil de conmoción deviene ahora en la pregunta por el quid de la antología, esto es, Peronismo y Clases medias. En el medio, está claro, discurrió el peronismo y sus diferentes actualizaciones, signadas todas por una violencia que centellea, en el texto y en la historia, de manera bestial. ¿Significa esto enunciar la imposibilidad de las categorías que otrora sirvieron para pensar al peronismo, o sea, la guerra de negros contra blancos? Para nada. Lo que se rastrea, por el contrario, son sus inflexiones, bifurcaciones, ramificaciones y aporías. El cuerpo popular, queridísimos, se dobla, y aunque pareciera lo contrario, no se rompe, por más tiros que se le peguen ni por más Coaliciones Cínicas que se voten. El cuerpo popular, invisibilizado por la policía también peronista, resucita en el hijo de Salomone, asesinado por los mismos negros, y vuelve a morir, y se levanta, encarnado en el hijo no reconocido de la amante del abuelo del narrador, proliferando en mil inflexiones plebeyas donde la contradicción clase media – negros se transforma en una estructura que, como lo real lacaniano, como el enfrentamiento que constituye la matriz de lo político, va a seguir ordenando la producción significante, por más tiros que se le peguen y por más zombies que resulten las categorías de la sociología y la filosofía política clásicas. Así, la resolución del texto, tanto como su ejecución, contienen los gérmenes de una mística posible: asumir la comezón interior, las hormigas y lo periférico, mirar a los ojos un pasado hecho de traiciones y enfrentamientos que sobreviven y sobrevivirán, signado por una violencia que permanece y no puede ser conjurada sólo institucionalmente, porque institucionalmente se organiza (y se legitima) la violencia ejercida desde arriba, y orientarse a un trabajo de escritura casi sagrado, modernizante, que no se limite a la lealtad orgánica del militante rentado ni reniegue de la violencia del enfrentamiento cuando sea necesaria.

Mientras que en el texto de Lamberti pueden leerse no sólo las resonancias perturbadoras del sistema de los medios, que aparecen como cuchilladas iridiscentes a lo largo del texto, sino también los tonos y los recursos de la narrativa norteamericana contemporánea, Chuck Palahniuk por dar un ejemplo, la chapa que aparece apenas se empieza a leer el texto de Rodríguez, como si fuera una suerte de advertencia para el lector similar a esas de los DVD’s truchos que avisan las penalidades del FBI para con la piratería, nos avisa que el autor produce una escritura más refinada que la que va a leerse a lo largo del texto. Una advertencia, dijimos: miren, muchachos, yo me someto a publicar en esta antología, pero no se olviden de quién soy, soy un Poeta, y puedo narrar así. La misma lógica de las publicidades de Claro donde Mascherano convoca a dos o tres boludos a jugar un partido de fútbol con él, sólo para recordarles quién es Mascherano y quienes los boludos que gastaron una fortuna en sms. Pasada la chapa, lo que encontramos es un texto bien escrito, montado sobre una anécdota de gran valor simbólico, pero que se diluye en una intencionalidad políticamente "incorrecta", o sea, correctísima, donde Monzón y su infancia profesional cifran una relación con lo popular que resulta una constante para cierto peronismo docto, erudito al pedo y paternalista, tecnófobo y encerrado en sus imposibilidades encarnado arquetípicamente por Horacio González: se trata, nuevamente, de escribir al pueblo como animales salvajes y bien intencionados a los que hay que proteger y encarrilar, poseedores de una fuerza bruta que los transforma en motores de la historia, pero que sin embargo se pierden, en virtud del sistema de visibilidad pública pergeñada por la dictadura o los medios o lo que sea, de la verdad de la milanesa donde se cuece la política. Más cercano al discurso de Alfonsín en Parque Norte que a la promesa de redención presente en la mística del peronismo, Monzón no palma escribe la operación imposible del entrismo institucionalista en las viejas estructuras y arrastra la estela de sus buenas intenciones, que se muestran débiles para acarrear el peso del conservadurismo acérrimo incubado entre los pasillos de Sociales y los despachos burocráticos. Transparencia social, dijimos en algún momento; refracción de la posición en el campo de poder. La muerte de Monzón en el texto, es decir, el seccionamiento del cuerpo popular en la dictadura, ocurre a manos del Colorado, un militante lector de “Rousseau, Marx, Weber, Gramsci, la sociología clásica”, que se parece más al afectado Jorge Dotti que a los militantes rasos del momento, y contribuye, por un lado, a la entendible acusación del vanguardismo armado, pero por otro, a la mistificación de los militantes, entendidos como tipos hipercultos, tolerantes, íntegros, prestos a la reconciliación con sus torturadores sin que ello implique el olvido en aras de la democracia, o sea, en una imagen ligeramente deformada de la autopercepción de quien escribe el cuento. Esta utopía política, donde el torturador, acertadamente, también es entendido como fruto de su tiempo, muestra un arquetipo del militante que funciona como el anverso exacto de los teenagers calenturientos que primero y con cierta inteligencia Manuel Puig y muchísimo más tarde otras escrituras pretendieron retratar frívolamente, y por cierto supera con creces a esa imagen simplificadora y macrista. Pero, también, se le parece bastante. La idea de un torturador con un costado “derecho y humano” que termina haciéndose medio amigo de un militante torturado y conciliador puede resultar urticante para las franjas más arcaicas de los que trabajan de HIJOS, o incluso para ciertas zonas del kirchnerismo happy puppet, nuevo género discursivo ya bien asentado en la web y en el house organ Página/12, pero resulta insuficiente y trasnochada, por más que su idea consensualista de fondo sea acertada. Si bien es cierto que en el texto se disfruta una voluntad problematizadora en relación al discurso mediático y la sobreexposición codificada de la muerte

Picanas, submarinos, empalamiento y demás cosas ya se oían en la radio, o se leían en las revistas y diarios. Pero una representación de la muerte también podía expresarse en la fijación de un golpe seco, gutural, como el golpe seco de un remo en el agua”

esta postura convive con la intencionalidad de una reconciliación entre pueblo y clase política, movimientos sociales y representatividad, lo instituyente con lo instituido, razón y revolución, en otras palabras, que nuevamente duplica las categorías de un pensamiento de torre de marfil que se hace el Mate entre un desembarco impostado y deleuziano en las barriadas populares que concluye en un nuevo refugio de prédica a los conversos, o que pretende que esa corporación política cipaya, careta, oportunista y acomodaticia está “a la izquierda” de una sociedad que no sólo no existe por fuera de los mitos que la habitan, sino a la que se desprecia desde la más absoluta y soberbia ignorancia (con estereotipos del estilo el tipo que viaja en bondi, etc., que de morfan entera la construcción realizada por los grandes medios que luego repudian), constituyendo así el programa institucionalista, y sus escrituras orgánicas, un intento que esquiva el progresismo banal pero cae en las redes del conservadurismo burocrático y desapasionado, que podría incluso celebrar con muecas de circunstancia una futura presidencia de Cobos porque ayuda a reconstruir el bipartidismo.

Mientras que el texto de Lamberti activa y problematiza al peronismo como un hecho maldito, punk, dejando la vía para una ascesis individual que conduzca a una promesa de felicidad futura, y el de Rodríguez, en su conservadora lucidez, termina preso de sus buenas intenciones y de sus intereses materiales y concretos, que apuestan por una continuidad burocrática de Pulgarcito consejero del príncipe (?) ubicado en un dispositivo de enunciación similar al del Diario La Nación para con los gobiernos conservadores de principios de siglo (aunque con una platea reducida al máximo y aún más condescendiente que la de la otrora tribuna de doctrina y hoy pasquín miserable), los textos de Llach y de Terranova van a estar emparentados de una forma todavía más cercana. Ambos, desde diferentes posiciones y con diferentes estrategias y procedimientos, conciben a sus cuentos con la meticulosidad que reclama una operación literaria, siendo, a fin de cuentas, dos animadores de la creencia que tienen la virtud de posicionarse, en virtud del mencionado ethos blogger, como agentes modernizadores al interior del campo, obsesionados asimismo con cifrar las condiciones de producción que los constituyen. Y coincidiendo, hay que decirlo, en una reivindicación, también happy puppet, del menemismo: si los fantasmas mentales de Rodríguez eran tanto el discurso cristalizado de las izquierdas más arcaicas como el vanguardismo armado de los ex militantes y el derechismo de una sociedad a la que se desprecia en términos concretos y se pretende proteger en términos abstractos, y su horizonte era una reivindicación institucionalista del menemismo afín a sus intereses vitales, Llach y Terranova llevan esta reivindicación muchas veces hacia una sonrisa congelada y algo infantil, producto de un síndrome congénito que muchos de los jóvenes escritores vienen incubando con posterioridad a 2001 (el verdadero hecho maldito de esta generación). Se trata, entonces, de un enfrentamiento de circuito chico, nacido en una repugnancia estética que no sin razón genera el progresismo más ramplón al que sin embargo suscriben desde su estructura emotiva de productores culturales blandos y usuarios creativos de las nuevas tecnologías. En este contexto, la exaltación del menemismo, sea porque modernizó al país o por x motivos que vayan más allá de su pírrica institucionalidad, debe ser leída en términos de un yeite propio de la microcultura literaria y la sociabilidad bloggeril, y queda congelada por la falta de un balance histórico donde justamente el menemismo debe ser leído a la luz de 2001 y el repertorio de acción, de apropiaciones diversas, que pervive como su herencia.

Operaciones de circuito chico, decíamos, y no ciertamente de modo despectivo, sino entendidas como síntomas de un estado del campo. El proyecto de Terranova, con sus inflexiones, se presenta justamente como una interminable crónica de las tensiones y los vaivenes que cartografían el lugar de lo literario en la imaginación pública. En ese plan, El Caníbal era una reescritura de Respiración Artificial, un clásico de los ochentas que supuestamente viene a renovar las armas de la crítica literaria, pero lo que realmente hace es clausurar otras posibles vías de politización de lo literario que aparecían en los ochentas como herencia trunca del boom, proyectando fracasos generacionales e inoperancias varias hacia el campo. El Ignorante, por su parte, funcionaba como un ajuste de cuentas generacional antecedido por una entrevista-diatriba orientada en el mismo sentido. Más allá de otros libros que funcionaban como intentos epigonales incubados a la sombra de Manuel Puig, la fricción se produce entre ese proyecto que buscaba, obsesivamente, construir la posición de enfant-terrible y pontífice generacional al mismo tiempo (sin renegar de las tradiciones ni de la institución representada por la Carrera de Letras) y las ansias de profesionalización narrativa, realizadas cabalmente a través del éxito comercial de La Virgen del Cerro y Peregrinaciones, dos libros que, sin embargo y dadas las limitaciones generales de la crítica, casi nunca pudieron ser leídas como parte del proyecto. Con un pie en la operación literaria permanente, donde sus proclamas muchas veces liberadoras colisionan con su propia formación, y donde las reacciones que genera sirven una y otra vez para resaltar la lógica conservadora en la producción de valor simbólico propia de sus oponentes, y otro pie en la narración profesional donde el modelo del escritor en vías de consagración literario-comercial es presentado como una épica a conquistar, la estructura quiasmática, doble y escindida de la posición de Terranova, atraída por los polos de patear el tablero de la creencia literaria y la permanencia en la tradición según la cuenta la carrera de Letras, en un extremo, y entre el éxito comercial de los géneros considerados menores y la densidad social en la escritura, en el otro, se refracta en su obra. De este modo, la búsqueda de escribir el presente y la contemporaneidad desde adentro y desde afuera de las convenciones literarias, a favor y en contra del poder literario y los suplementos culturales, alentando y atacando a sus compañeros generacionales, conviven con la espectacularización del yo escritor y el afán por la conquista de espacios de poder personal. Hay que rescatar, entonces, el enorme esfuerzo que condensa tal sistema de tensiones y ambigüedades, y la vocación profesional, industrial y modernizante que atraviesa al proyecto en sus contradicciones, resaltando al mismo tiempo que es desde ese lugar desde donde debería ser leído Algunos personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo.

Básicamente, el cuento lleva las marcas de lo instantáneo y evanescente de la escritura digital, que se solapa con lo instantáneo y evanescente de este tipo de antologías, absolutamente olvidadas después de unos seis meses de su publicación, y absolutamente ninguneadas por la derecha literaria, al igual que los contenidos de Facebook. Con gracia y soltura, en el texto se elabora una suerte de “lista negra” arbitraria vinculada con el título, que al mismo tiempo referencia un relato de John Cheever. Así, desfilan el sociólogo de la generación intermedia acodado en un oscuro puestito de una universidad de conurbano, el poeta crítico que no puede escribir, la exaltación miserabilista de lo bajo, lo marginal y lo lumpen como esencialmente ligado al peronismo, y el militante genético, nostálgico y obediente de sus padres, al que se le concede un papel secundario. La pregunta que surge es: ¿qué se le critica a cada uno? ¿cuáles son las razones de su prohibición? La razón más interesante, quizás, es la que deja de lado al militante genético por cuestiones de urgencia y desfase temporal, y también por traicionar, en cierto sentido, el espíritu revulsivo sin el cual el peronismo se convierte en un fósil mítico. Por el lado del miserabilismo y los travestis, lo cierto es que esta exclusión, si bien simpática y en gran parte acertada, no se termina de ajustar a lo que sucede en el panorama de narrativas contemporáneas, desde que Bruzzone elige narrar en Los Topos la subjetividad transformista de diversos estratos sociales y lo hace de la mejor manera, produciendo una novela memorable que es al mismo tiempo una indagación cuestionadora sobre los presupuestos de su propio estamento social. La exclusión del poeta, por cierto, se vuelve interesante cuando transparenta los mecanismos de supervivencia social de este estamento, las trayectorias familiares, las creencias y las doxas que lo sustentan, y también cuando cuestiona a la poesía, no como género ni como forma, sino como matriz de construcción de relaciones sociales excluyentes, elitistas, sensibles, hippies y de pago chico. El problema, entonces, llega cuando se encara al sociólogo, que dicho sea de paso es el primero en el orden cronológico del relato. De más está decirlo, no se trata de una defensa corporativa, sino de pensar el tipo de reclamo que se establece con cada uno de los arquetipos sociales. Si al poeta se le endilga una supuesta imposibilidad de escribir narrativa, y al militante genético su irremediable nostalgia, al sociólogo burócrata académico se le reprocha su falta de compromiso político. La pregunta, entonces, estaría dada por las formas de compromiso o de “apoyo al gobierno” que se le reclaman: ¿cuáles serían las formas de compromiso y de acción política posibles para un personaje de estas características? ¿cómo trascender la discusión vacía, el aburrimiento de las charlas-debate, la declamación testimonial, la prédica a los conversos desde un blog, la micropolítica de los grupos de discusión, el fastidio a familiares, alumnos y allegados, la militancia en la política representativa y las patéticas cartas abiertas, la revistita académica de intervención acotada? Esa es la pregunta, actual y urticante, que sobrevuela al relato, y que ciertamente la reivindicación del escritor profesional o del supuesto periodista obrero claramente no responde. Una salida posible: militancia tradicional, partidaria, disolución del yo en una estructura política orientada a la toma del poder, respuesta a un representante-cuadro político, pantomima de discusión en espacios semi-públicos que funcionan como pata intelectual de una organización política impotente para producir subjetividad. Otra: militancia de base, apartidaria y pedagógica, anarquismo de clases medias, a fin de cuentas, vinculado en mayor o menor medida a la militancia literaria. Finalmente: construcción progresiva de una identidad que, desde la militancia literaria, se oriente a la colectivización y posesión de los medios de impresión industrialmente imaginados, y, amparada en políticas de pedagogía racional y redistribución del capital simbólico, se encuentre adentro y afuera del funcionamiento institucional, operando como su arista instituyente.


Talampaya, el original relato de Santiago Llach, es la declaración alucinada de un ex agente de la CIA frente a un Congreso de la Nación que supuestamente investiga al período menemista, un monólogo que recorre rápidamente las intervenciones militares de los Estados Unidos en territorio latinoamericano, construyendo la voz imposible de un quebrado que, en el ocaso de su carrera y expulsado de la organización que lo apañara, recala en el círculo íntimo del menemismo en el instante inmediatamente anterior a su llegada al poder. La cita introductoria al relato proviene de un blog, y más allá del alto nivel de previsibilidad de lo que se lee en ese epígrafe de otra blogger “zarpada” que seguramente calentó a varios y escandalizó a unos pocos, la intención es profana y desacralizadora, y el texto memorable. Dinámico y bien construido, lejano a las fórmulas del castillismo y del cuento clásico que hegemonizaban este tipo de antologías, como así también del pedorrísimo regodeo lírico, Talampaya construye la otra cara de los relatos de guerrilla y el realismo testimonial, y al mismo tiempo, con su velocidad y la cadencia de una lengua impostada pero terriblemente cercana, historiza un derrotero del cual el menemismo, y la implementación de políticas neoliberales, no se constituye como excepción sino como continuidad regional, mundial e histórica. El hecho de que un servis norteamericano sea el encargado de narrar el proceso, y que los materiales con los que se construye el personaje hayan sido sacados de un trabajo de traducción, como señaló el mismo Llach, forman parte de un sistema de préstamos y de reenfoque sobre el período lejanos a los sentidos comunes, más allá de algunas muletillas y obsesiones, como las que presentan a Ernesto Guevara en tanto “fusilador fotogénico” y a Ronald Reagan como esfinge de los barones del conurbano. Los procedimientos bajos, el murmullo coloquial y al mismo tiempo las marcas de densidad narrativa, histórica y social que traslada esa voz, conviven con una posición modernizante que, desde el petardeo bloggeril y la operación permanente en ciclos, polémicas y blogs que recomiendan una solución extranjera a los problemas de Palermo, rescata a pesar de todo la mirada del radicalismo sobre la mitología y la actualización doctrinaria noventista del peronismo. Fiel a su tradición familiar, contra la que se opone desde la militancia literaria y la renuncia a las dádivas de la burocracia estatal, el balbuceo político que puede leerse en Talampaya, la hipótesis de la toma de control del aparato del estado por la lumpen-burguesía y el nepotismo provinciano encabezado por el King Charles The First, replican muchas veces los argumentos del escapismo indignado, y, al igual que en Terranova, realizan una politización temática y algo limitada, pero que al mismo tiempo, y en virtud de una extraña paradoja, resulta progresiva para los bajísimos estándares del sentido común, mercantilismo y pelotudeo que intentó establecer la a esta altura trunca operación literaria de la Joven Guardia, que más allá del éxito enano, sintómatico y for export de los mates vacíos en la tapa, es felizmente subvertida en este libro. En el caso de Llach, Talampaya se integra en un proyecto de otra índole: menos interesado que Terranova en ser un narrador industrial, aunque también seducido por la posición de enfant terrible que preferimos antes que la canonización del nefasto Roberto Bolaño, Llach no cae en el reclamo tristemente laborioso de la obra y la escritura para la posteridad, sino que se orienta, como la mayoría de los escritores jóvenes y no tanto, a profesionalizarse en el sistema educativo informal. Así, el derrotero y la trayectoria artística de Llach lo muestran más cercano a la profesionalización como lector o trabajador editorial, y su poesía política, desde La raza hasta el notable Aramburu, no puede ser leída por fuera de su trayectoria como co-editor en el sello Siesta, es decir, desde una forma-contenido que constituye la verdadera intervención ya que crea relaciones sociales y no sólo textos autistas para la tradición, la digresión, el ocio de ciertos estamentos intelectualizados o el mercado.

En fin, tenemos que aterrizar esta reseña, de alguna manera, y los cuentos finales son dos vinculados relativamente a través de la temática general y poco convincente del trabajo. En efecto, Ovejero y La medida nos hablan del mundo laboral como espacio específico donde se desarrolla y realiza, nace se reproduce y muere, el peronismo. ¿Cuánto de esto nos suena a obviedad y cuánto no lo es? ¿Cuál es la asociación realmente existente entre trabajo y peronismo hoy? Reconozcámoslo; hoy las viejas frases del General, la vieja liturgia todosignificante, (de casa al trabajo del trabajo a casa) is dead como el punk. El peronismo sobrevive, -nos concede esta antología genial y las maravillosas repercusiones en los suplementos culturales- porque a esta altura del baile, modelo de acumulación basado en la valorización financiera mediante, el trabajo ha dejado de ser un momento constitutivo de su derrotero y, de hecho, en algunos casos menores pero atendibles ha pasado a ser su anverso en ciertas zonas imaginario social donde peronismo y vagancia son los principales indicadores de la destrucción de la “cultura del trabajo”, mentada por cierto en los mismos grupos de Facebook que a la vez critican a Don Carlos, glorioso empresario pyme que pone en blanco a sus trabajadores con la frase “tudo bom tudo legal”, por “garca” y “burgués”, desde el progresismo más happy puppet que uno se pueda imaginar, incluso habiendo ingerido bastantes sustancias (?).

Entonces, decíamos, abordar el peronismo por el lado del mundo del trabajo es una estrategia que puede llegar a ser limitante, tendiente a transparentar una visión inocentona y desactualizada, mistificada y de clases medias fashions, subidas al tren de la peronización de sus consumos culturales sofisticados con el fin de expiar sus pecados de fracción dominada de la clase dominante (como vimos en otros momentos de este mismo libro). Pero eso sólo existe como posibilidad latente, que –como trataremos de explicar Godoy realiza, complejamente, y a la que Budassi escapa. En efecto, La medida narra los días de paro de los trabajadores de un diario equis que sabemos es el conflicto que los periodistas de Perfil impulsaron a mediados del 2007 por mejoras salariales, que todos seguimos via blogs y que tuvo momentos de dramatismo histérico, amenazas y sangre incluidas. Budassi, para que pongamos en contexto, es una de las mejores redactoras del suplemento cultural del diario, que alinea en la cúpula a la derecha cultural más liberal y clásica, anti-modernizante, con su estereotipado y raído catálogo de gustos y lugares comunes, y a sus comentaristas más y menos depurados. La narración del conflicto se vincula con el objeto de la antología de manera mediada por las propias expectativas de la autora sobre ese objeto; un algo que a Budassi le suena a peronismo, y que tiene que ver básicamente con la yuxtaposición de dos componentes, uno coyuntural y otro personal. Por un lado, la lucha sindical que oscila entre momentos de gran inexperiencia, ridículos, y momentos de gran intensidad y dramatismo, “serios”; por otro, un espíritu ligeramente maldito y travieso, que la protagonista despliega en ese contexto, que se construye entre el coqueteo soft, muy sutil, y la maldad constructiva, tendiente su conversión en “punta de lanza”, con la ambigüedad propia de ese argumento de militancia universitaria (por cierto que ambas ostentan constitutivamente pretensiones de encarnar a la vanguardia política) donde es preferible una sociedad hambreada y humillada a una relativamente integrada porque nos acerca a la revolución (y esta posición recorre más o menos la historia de la ciencia proletaria desde la Primera Internacional). Los ironic remarks se complejizan, así, a través de su puesta en juego en un contexto en que la narradora se ve involucrada en un sentido vital, y que es la inestabilidad de las propias condiciones de reproducción de su fuerza de trabajo. La configuración efímera de una comunidad desorganizada es, en el cuento, un monstruo multiforme que desde sus inicios muestra la solidez de un holograma, y que, sin embargo, muestra con precioso positivismo el espectro de la lucha de clases que las limitaciones de sus actores habilitan, donde la ruptura entre lenguaje político – deseo – realidad hace emerger de manera prodigiosa sus desfases, por más que le pese al lúcido marxismo de maceta puanner. Pasando en limpio, entonces, hay acá un conflicto gremial de periodistas de un diario de la derecha, en donde la narradora participa en su carácter de redactora del suplemento cultural. Lo que parecería, así y en principio, el tratamiento del peronismo a través de la via obvia y frívola de una “lucha sindical” se transforma, gracias a la inteligencia de la autora, en una crónica de la nota al pie final en la historia del movimiento obrero, una reflexión periférica de algo totalmente accidental, donde se inmiscuyen las propias vulgaridades de una situación histórica concreta, también amplificada por la percepción exageradamente heroica de circunstancias concretas que solo lo son en parte y de a ratos.

Discusión en un descanso de la escalera con Emilio, un periodista de Información General que, como si esto fuera lo que nosotros queremos, dice que habría que dejar todo atrás (…) y toda una serie de incongruencias que me indignan: “si no estás con la asamblea, estás con la patronal”, digo. Y él: “Cuando quiera hacer la revolución te llamo”. Fran a solas lo justifica alegando su falta de formación y otras cosas pero no.

A la vez, Budassi habilita una mirada problematizadora sobre las condiciones materiales de existencia de la producción cultural, en un sentido amplio. Esto es importante, porque será el único momento en la antología (y casi enteramente en el discurso público de la Joven Guardia) en que esto parece dispuesto a reconocerse por fuera de las propias estrategias de operación y posicionamiento personal de algunos de sus más prominentes cuadros, de los cuales ya hemos hablado. Debemos celebrar la ocurrencia. A Budassi le alcanza con reconocer jerarquías y enemigos (y acá hace un link con Lamberti y la “guerra”), pero quizás no para terminar de poner en crisis una cierta percepción perenne e irrenunciable sobre la esencialidad de ciertas relaciones sociales relativamente estabilizadas, en este caso la “estupidez y el egoísmo”, que son en definitiva la manera concreta y natural de colar una exagerada fe en la literatura como portadora de un valor autónomo de las formas sociales de su circulación, que La medida expresa sin transparentar, sino reproduciendo, porque no termina de ser liberador de esos mitos que el quehacer intelectual –como cualquier otra actividad– debe inventarse para no reconocer su ausencia total de necesidad histórica. Sin embargo, es cierto que Budassi se juega sinceramente por lo instituyente y no por lo instituido. Ese movimiento se encuentra justamente en su momento de renuncia a los valores mistificados torno a los cuales históricamente se ha construido el armazón de la literatura: en los momentos en que la autora valoriza –en la decisión de elegir narrar eso y no otra cosa– la lógica grotesca (es decir, de nuevo, ausente de necesidad histórica) de la producción, circulación de símbolos políticos (el peronismo) a través de actitudes y decisiones concretas y concretamente ejecutadas. No, por otra parte, en la creencia conservadora acerca del poder transformador del arte que, cuando aparece, lo hace como límite a las posibilidades de dar cuenta de cierta densidad social en el relato. En suma, Budassi pertenece al selecto grupo compuesto por aquellos que aún participando en las mistificaciones en las que se sostiene la cultura letrada y su sistema de instituciones y credenciales, no producen una obra mustia y onanista, sino lo contrario.



Por otra parte está Ovejero, el cuento de Carlos Godoy. Dificilmente el texto del cordobés participe del horizonte sentimental y de sentido que el cuento de Budassi y, más bien, funcionan como exposiciones opuestas de lo que se puede hacer bajo el “paraguas” del peronismo, que, como la empresa argentina Marolio, implica la posibilidad de comercializar varios productos en el mercado bajo la misma marca. Pero contextualicemos un poco. Godoy es un cordobés, excelente poeta, archiconocido por escribir la Escolástica Peronista Ilustrada, un libro de poemas editado por la genial Funesiana, que circuló mucho a través de internet y que logró trascender el circuito chico del campo literario joven gracias a sus muchas virtudes, entre ellas la de leer tempranamente y con mucha sensibilidad de coyuntura la recomposición y actualización relativa del repertorio emotivo del peronismo a partir de la crisis del 2001-2002 y la llegada del kirchnerismo al gobierno. Esta circunstancia es redondamente una virtud del libro, muy a pesar de que el sentido común crítico abandone el momento de circulación de la obra y el propio Godoy considere que el blog ya fue, frase seguramente escuchada en alguna galería de arte indie. La EPI, efectivamente, reprodujo en pequeña escala la lógica democratizadora de las industrias culturales –verdadero momento radicalizador en la historia de las formas en que la humanidad produjo y consumió cultura– y contribuyó complejamente en el ethos palermitano de estetización de lo plebeyo, que por supuesto bancamos (característica que, por cierto, comparte con productos culturales desde La loca de mierda hasta The Palermo Manifesto).

Lamentablemente Ovejero es un texto en las antípodas de la Escolástica Peronista Ilustrada; una especie de EPI consumida y procesada por los yeites biempensantes del joven escritor que quiere hacer su caminito. Respetuoso de sus mayores, anti-menemista peronista friendly, respetuoso del trabajo manual; una especie de EPI domesticada por el cansancio de tanto rendirle tributo a algún mentor intelectual. Ovejero es la narración cadenciosa y aburrida de una semana o quién sabe de un trabajador de limpieza en un ambiente atiborrado por indicios de empresa de servicios de capitales norteamericanos en la post-flexibilización laboral. La sospecha y el anhelo de una libertad de por sí cercenada por la “alienación” (muchas comillas) constituyen las claves de sentido de un relato más o menos previsible. Personalmente, no vemos aquí el peronismo sino una idea premeditadamente aburrida de lo que se supone es el peronismo en cierto imaginario conservador de las clases medias, desde el cual –por cierto– Esteban Schmidt lee la peronización de las escrituras teenagers en su última intervención en el suplemento Ñ, imaginamos que motivado principalmente por los límites que le impone la educación sentimental en un partido minoritario, contrarrevolucioario y mezquino, sin épica, que desde hace más de 60 años no pude completar un mandato las pocas veces que le tocó gobernar y que por estos días se opone a la Ley de Medios, como Francisco De Narváez. Por otra parte, nada de esto importa, porque naturalmente Schmidt es un tipo que lee de manera sofisticada las modulaciones de ese epifenómeno frustrado y menor que es la “neoliteratura del kirchnerismo”, aunque las chicanas que emplea contra el autor cordobés son certeras pero están mal direccionadas. De verdad, la obra de Godoy sugiere directamente el interés de informar al mito sobre el vacío, porque de alguna manera inaprehensible ser peronista hace tres o cuatro años constituía un acto de rebeldía controlada respecto de las buenas costumbres de la clase media escolarizada; y aún hoy un acto francamente simpático y excéntrico en ambientes más conservadores y en menor contacto con la rutina diaria de la clase media consolidada y laburante, como un recital de Rosario Bléfari, los boliches como Rumi o Pachá, las instalaciones de arte y las vernissages de la posvanguardia local, monumento a la derrota cultural y a la subordinación financiera del campo artístico. Es evidente, de todas maneras, que los gorilas sí existen, a pesar de lo que diga Schmidt, y son entre un 20% y un 35% del padrón electoral; y que esas páginas de Ñ son el Mausoleo de la Juventud Radical. Frente a eso, la obra de Godoy es todavía un gesto de avanzada, y la actualización generacional del mito del peronismo, aún desde posiciones ligeramente conservadoras y mistificadoras, como en el caso de Ovejero, sigue constituyendo un ejercicio impensable al interior de otras identidades políticas; no porque sean más puras, más totalizadoras, más “de posta”, sino por todo lo contrario: porque son insuficientes y parciales, y no pueden construir equivalencias con las verdaderas identidades populares (los santos y los cumbieros, con los que el peronismo sí es equivalente).

En fin, mis amigos, aquí se termina nuestro viaje. Lo emprendimos hace unas semanas con el objetivo manifiesto de rescatar algunas perspectivas teóricas del uso espurio que les dieron los chicos de Punto de Vista y el resto de la derecha literaria hace más de veinte largos y melancólicos años; para reponerlos al lugar que se merecen, que es el de la democratización cultural taponada por otros más de veinte largos años de fracasos y venta del patrimonio nacional a la banca extranjera. Esperamos que se hayan divertido. Gracias entonces, queridísimos, por seguir nuestro modesto, aproximatorio, pionero e incompleto intento de lectura de esta gran antología, llena de excelentísimos textos. Gracias, también, al Presidente Gonzalo, por su luz, su estímulo cotidiano y sus sabios consejos no siempre escuchados. Decimos lo que creemos, o lo que intentamos pensar, porque no le debemos nada a nadie.


47 comentarios:

28 de septiembre de 2009 13:16 fede dijo...

comentario un tanto boludo, como cualquier coment blogger, básicamente: muy grosso el texto y mucho más el emprendimiento en su totalidad.
eso sí, no concuerdo para nada con la línea 123 del texto... :P

abrazos de gol

28 de septiembre de 2009 14:55 Anónimo dijo...

gracias por no entrar en la discusion boluda por la ley de medios. gracias pensamiento gonzalo por este genuino ejercicio de la justicia crítica.

28 de septiembre de 2009 14:58 mavrakis dijo...

muy bueno che. es como el de schmidt pero sin el resentimiento palermitano y con aparato crítico.

28 de septiembre de 2009 14:58 Anónimo dijo...

espero que se hagan cargo y publiquen el mapa ese, estoy ansiosa.
beatriz sarlo

28 de septiembre de 2009 15:12 Anónimo dijo...

Vanoli y Vecino, esto que les digo va en serio. Hay mucha verdad en este post, demasiada, intolerable para muchos, y por eso los van a ningunear en todos lados. Igual sigan así, no se desanimen, escriban, lean, democraticen. Al menos yo se los voy a agradecer.
Mario P.

28 de septiembre de 2009 19:06 omargenovese dijo...

Ah, pendex luciérnagas curioxas. Cerraron la notícula con mi señalamiento al mísero refugio del stalinismo Ñoño. ¿Qué escribió Schmidt? ¿Sabe escribir? ¿Qué es escribir para él? ¿Hacer dibujos en el margen de Clarín clasificados en un bar de Palermo?
Me cago en el peronismo literario. Escriban y no rompan más. En el poder no hay escrito sino simulación.

28 de septiembre de 2009 22:15 mariano dijo...

Gran reseña gran. En efecto, se trata de una buena antología (tal vez la mejor) de la serial post joven en guardia. Bien por la operaciòn "secuestro" de las categorías bourdieanas del monopolio Punto de Vista. Bien por la incomodidad que generan, la mejor prueba de que están por el camino más pedregoso pero más lúcido. Nada más molesto, nada más irritante que meterse con los mitos que se construyen para olvidar la génesis y la pertenecia social a la que cada uno responde.

28 de septiembre de 2009 23:13 Lagartija Shoklender dijo...

ambicioso, polémico, osado. el mejor post que leí en lo que va del año.

29 de septiembre de 2009 06:53 Anónimo dijo...

Gracias a todos compañeros. El ninguneo se está produciendo. Otra vez la lógica conservadora del campo. Menos mal que todavía quedan algunos lectores honestos como ustedes. Acá vemos lo "democráticos" que son todos cuando se empieza a discutir un poco en serio.
Presidente Gonzalo

29 de septiembre de 2009 11:37 Anónimo dijo...

uuuuuuuuaaaaaaaaaaaa

29 de septiembre de 2009 11:51 Anónimo dijo...

no llores, anónimo, la reseña va con buena onda
Presidente Gonzalo

29 de septiembre de 2009 17:23 Sol dijo...

Me parece muy certera y de avanzada la mirada que tienen sobre la militancia político - partidaria, y creo que este post es un claro ejemplo de la validez que puede tener, por ejemplo, la escritura crítica en un blog por sobre las formas tradicionales de la disputa por la hegemonía.
Gracias.

2 de octubre de 2009 19:32 maiakovski dijo...

Como no se trata de criticar literatura, sino "objetos culturales", se justifica el contrabando de categorías sociológicas. Una promoción de eescritores dedicados no a la superficial, mítica y anacrónica tarea de escribir, sino de develar "las condiciones de producción" del hecho literario, son la mejor excusa pra que los pequeñóburgueses politizados de Sociales demuestren sus conocimientos teóricos. Desgraciadamente, son sólo una excusa: lo interesante no es leerlos a ellos, sino a sus críticos sociologizantes. Estos son los que finalmente ponen negro sobre blanco los palotes sobre la sociedad, la política, los 70, los 90, el kirchnerismo y demás yerbas que los escritores de la Joven Guardia dibujan con crayon. Si esto no es suicida, revela poco amor propio. La joven Guardia, invento de editores, desde Tomas hasta Damián Ríos, y modo barato de que las editoriales multinacionales sigan largando chorizos en forma de libros y facturando en base a las ansias de figuración de pobres pibes más lumnpenizados que los periodistas, ni vive ni se transfigura: flota en un limbo irreal entre los editoriales periodísticos y una crítica bloggera que los transforma en parásitos de sus ideacionesque demitifican mitos que ya fueron demitificados entre 1890 y 1922 por escritores que creaban su propia crítica y no al revés. Por otra parte, basta de reètir esa pavada de Bourdieu sdobre el carácter "plebeyo" de la sociología: la sociología, desde Weber y Durkheim, nació para explicarles a los burgueses cómo controlar los efectos indeseados del desencantamiento del mundo. No es raro que haya terminado en el marketing y en la publicidad: de alghuna manera hay que encantar a los desencantados pero insatisfechos.

3 de octubre de 2009 06:21 Anónimo dijo...

leíste el libro? o hablás para hacerte el pulenta, nada más, en un discurso que tiene más de estético que de verdadero? o esas no son categorías para vos?

3 de octubre de 2009 14:21 maiakovski dijo...

Un cuadrado que separa tajantemente lo "estético" de lo "verdadero" es el perfecto consumidor de las antologías de las multinacionales.

3 de octubre de 2009 19:59 facxiu dijo...

uy, la crítica despiada, mordaz, sin concesiones, por el hecho maldito ("el nuevo maldito")de la literatura, que dice de todo pero no dice nada, que habla desde la trichera, la verdadera, esa que no tranza, y que tiene al lado del inodoro las obras completas de bakunin
saludos camarada!

4 de octubre de 2009 11:35 Anónimo dijo...

Querido Alejandro,

Estoy traduciendo tus poemas del inglés al castellano. Yo no sé inglés pero vos tampoco, así que me parece justo.
Otra cosa: no es verdad que Mondadori, ni Planeta, "facturen" con estas antologías, más bien todo lo contrario. Es interesante lo que decís en cuánto a que se trata de "objetos culturales", pero en esa definición entra toda la poesía del 90 también. Puntualmente, todo el catálogo de Vox con sus revistas y sus libros objeto y más acá, y como consecuencia, la edición de "Nueva poesía argentina", en tapa dura, con pie de imprenta en españa e interiores a dos colores. Más allá en el tiempo, la edición de "Monstruos", con fotos de los autores y financiado por el estado español. En ninguno de los dos casos los poeta vimos una sola moneda. No es chicana lo mío, en eso y sólo en eso vos ejercés magisterio. Es más bien una pregunta: ¿se puede producir ahora otra cosa que "objetos culturales"? Creo que sí, de hecho se hace, pero rápidamente si eso tiene algún valor es vendido en el mercado como "objeto cultural". Y de ahí vienen no sé si las regalías pero sí al menos los viajes, las invitaciones, los festivales, etc.
Te dejo estas preguntas, porque sé que podés sobreponerte a ellas y producir verdadera reflexión y no simples brulotes, que se leen con placer pero que dejan poco para pensar.

Un abrazo,

Damián Ríos

4 de octubre de 2009 11:49 Pensamiento Gonzalo dijo...

Estimado Maiakovski:

Antes que nada, el Presidente Gonzalo le agradece haber leído nuestro boceto de crítica. El Presidente Gonzalo es una oda a la democracia. Con respecto a la sociología, su aparición como disciplina se remonta a mucho más atrás que Weber y Durkheim, que pertenecen a tradiciones opuestas. Durkheim es heredero de Bonald, de De Maistre, de Tarde, los verdaderos pioneros del pensamiento impresentable que escriben contra la comuna de París y hoy empiezan a ser recuperados por la burocracia académica. Weber, por el contrario, discute con Marx, con Nietzsche y con toda la economía clásica, superándolos ampliamente, al igual que Simmel, aunque lo que en Weber es tragedia en Simmel es vitalismo y por eso su pensamiento carece de sistematicidad. Weber y Durkheim, se oponen al marxismo, eso es cierto. El marketing es el digno heredero de la tradición sociológica, pero también de la literaria tal como la misma es reformulada con el nacimiento de la publicidad burguesa. Es su fusión triunfante, un discurso que moviliza acciones y conciencias, redibujando los contornos de la intimidad. El formalismo ruso, por su parte, es la expresión de la "pequeña burguesía" (categoría zombie) por antonomasia. La apropiación de la tradición sociológica, que trata de conjurar a la comuna de París y a sus antecesores, es plebeya, y la apropiación del formalismo ruso es elitista y de pago chico, más aún en sociedades periféricas ajenas a las grandes tradiciones del realismo. La literatura no puede ser leída por fuera de sus condiciones de circulación en tanto objeto cultural, es decir, sobredeterminada por la serie social y la dialéctica entre cultura escrita y tecnologías de reproducción. No existe nada más "pequeñoburgués" que señalar que la literatura es una experiencia en útlima instancia individual. La crítica desmitificante, en estos términos, recupera las mejores armas del marketing y de la literatura, y los trasciende. No los reemplaza, sino que intenta exigirlos, y genera condiciones de inteligibilidad que restituyen el espesor social de los proyectos literarios. Los críticos que inventan su escritura son la superación de la escritura y de la crítica en sus propios términos; porque la oposición entre escritura y crítica también ya fue demolida por el giro lingüístico hace varias décadas. La que deja todo en manos de las grandes editoriales, los suplementos, etc., es la huida del mundo de la tradición formalista. De ahí las reacciones de la derecha literaria, y su repentina y tristona organicidad, ante la crítica blogger que se instituye con el verdadero espacio de autonomía relativa con respecto a las coacciones del pantano literario. Se trata de disrupciones: hoy, defender a la "autonomía" de lo literario, y a su "universalidad", es someterse a los ritmos y creencias vigentes en el mercado mundial. Atacar al marketing en términos de reificación e ideología, hacer blogs "políticos" para conversos, creerse esa pavada de la literatura de izquierda contra el lenguaje, es deponer el espíritu crítico en virtud de la lógica de Facebook. El marketing, bien utilizado, es un discurso mil veces más liberador que las encuestas fallutas de Artemio López, el "Manteca Di Nápoli" de los cyberñoquis, y que la literatura como experiencia. O, en todo caso, es su precondición necesaria pero no suficiente. No se trata de encantar a los desencantados pero insatisfechos, ni de revindicar a la clase política careta y cipaya; se trata de inventar imágenes de felicidad desmitificada y plebeya.
Con amor (propio), el Presidente Gonzalo.
El Presidente Gonzalo ha dicho.
Viva el Presidente Gonzalo!

4 de octubre de 2009 13:18 La Corte de La Haya dijo...

maia, esa figura adorniana de la industria cultural procesando carne joven esperanzada y precarizada laboralmente como una maquinaria del mal es más boludona que no se qué. claramente desconocés la forma en que funciona la industria cultural y los volúmenes de venta de estas antologías de frigor. ponete las pilas.

4 de octubre de 2009 13:24 maiakovski dijo...

Querido Damián: cuando un texto se vende en el mercado es una mercadería, sólo un blando lo llamaría un "objeto cultural. Mi magisterio no se ejerce en ningún lado. Todo el mundo tiene que vender mercaderías para vivir, desde fuerza de trabajo a objetos vintage, pasando por discos, cuadros y libros, pero no hagamos de esa experiencia humillante un galón ni una cosa ala que haty que darle dos millones de vueltas para que no parezca tan humillante. Eso es cobarde.

Querido Presidente Gonzalo: vos no tenés idea de la potencialidad ni de la historia ni de la función de la literatura si pensás qu en eella abrevó el marketing y la publicidad. Veo que aceptás que la sociología sdolo sirve para hacer marketing y, oh,m para lamentar tragedias como que las masas quieran hacer política de verdad y no se la dejen a la éñlites especializadas de siempre (Weber), así que doy por sentado el punto. Lamento comunicarte que no soy un fan´ñatico del formalismo ruso, no soy Ricardo Piglia, y que además leíste el formalismo ruso como un animal si pensás que culmina en el individuo escritor. Si vos creés que la única manera de zafzr del encierro elitista es el mercado, tenés una imaginación transformadora basdtante pobre. Dedicate a la televisión. me hizo cagar mucho de risa tu última y sentimental frase. La felicidad demitificada y plebeya es un invento de la p`ropaganda del primer peronismo. Los plebeyos nunca son felices porque se rompen el lomo laburando y obedeciendo órdenes de idiotas. Si vos tenés ganas de engañar a pequeñoburgueses ilusos como vos con la fabricación de imágenes de felicidad menos convincentes para los plebeyos que una película de Palito Ortega, me reservo el derecho de cagarme de risa de vos hasta que te mueras. Ha sido un placer conversar con vos.

4 de octubre de 2009 13:32 maiakovski dijo...

Corte de la Haya, mientras mis ideas no sean más boludonas que las tuyas , me doy por sdatisfecho. Yo no tengo ninguna necesidad de saber "cómo funciona la industria cultural" (que en concreto sólo significa otear los vientos que corren en Mondadori) porque no como de ahí. Supongo que Momdadori es un ONG que subsidia a jóvenes talentos. Hacele un monumento. Nota al pie: ahora se hacen todos los vivos con Adorno... A cazar los libros y a largar la Ñ, muchachos

4 de octubre de 2009 16:10 Corte de La Haya dijo...

oh oh, amigo, el compilado de ideas boludonas y desconocimientos; en este caso, de las formas delicadas de integración social, constrcción de identidades y felicidad proletaria de los sectores populares durante el modelo de acumulación por sustitución de importaciones. te compraste la mirada miserabilista de la sociedad y la mirada esencialista y concheta de la literatura. las dos en el mismo mercado de pulgas del progresismo y la vanguardia. maia not dead. igual que me importa, el pensamiento gonzalo es un invento de estos pibes, que igual son copados. vos, maia: manto de piedad.

4 de octubre de 2009 16:36 Anónimo dijo...

Querido Alejandro: trabajar haciendo colecciones, antologías, editings, correcciones o editoriales para mí no es nada humillante. Tengo un tarifario para algunas de esas cosas, para otras me pagan anticipos y regalías: negocio y firmo contratos. Que me salgan mal o bien es otra cosa.

Damián Ríos

4 de octubre de 2009 16:37 Pensamiento Gonzalo dijo...

Estimado Maiakovski:

Decir que Weber corona el dominio de las elites especializadas de siempre es mezclar su pensamiento político mal leído con su pensamiento científico, pero creo que perdiste demasiado tiempo dandole vueltas al formalismo ruso al que leemos como animales peronistas y no sabés una mierda de sociología. Te recomiendo los cuadernillos del CBC, cualquier cátedra. La elite especializada y derrotada sos vos, no proyectes.
Con amor (propio), el Presidente Gonzalo.
El Presidente Gonzalo ha dicho.
Viva el Presidente Gonzalo!

4 de octubre de 2009 17:42 maiakovski dijo...

Gonzalo, gracias por la recomendación, la seguiré al pie de la letra para saber cómo me van a vender el próximo jabón, candidato o antología. Te recomiendo , a mi vez, que leas algo de literatura, cualquier cosa, antes de bajar línea sobre el tema. Al boludo de la Haya ni le contesto, cree en los Reyes Magos. Damián: sí, no tenés razones para sentirte humillado, vos estás del lado bueno del mostrador.

4 de octubre de 2009 22:26 Anónimo dijo...

Rubio, sos un gran poeta, pero sos lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no termina de nacer. te vamos a pasar por arriba, lo quieras o no, y obvio, para mejor.

Lo nueva ola

4 de octubre de 2009 22:34 Anónimo dijo...

esta guerra de todos contra todos no es claro a dónde quiere ir ni a quién busca beneficiar (al menos en un sentido más o menos plurar). desconfío.

Mala Onda

4 de octubre de 2009 22:42 Anónimo dijo...

Mala Onda, esto no es el estado hobbesiano, take it easy, acá lo que se discuten son los grises, los grises

Roberto Lopez Azturra

4 de octubre de 2009 23:22 Camarada Posadas dijo...

El mercado no es una vía de zafar del encierro, sino lo que está cuando se zafa, lo que está siempre, por más que lo tapes con el humo ritual de la poesía y el pedo transformador de sacerdote camisa patito, esa puertita de cartón al valhalla con correíta para colgar del cuello, más trucha que rey mago.

5 de octubre de 2009 05:47 Anónimo dijo...

Alejandro: simplemente leo con atención y negocio de acuerdo a lo que me parece que merezco. Poneme del lado que quieras. Nunca obligué a nadie a publicar nada. Y siempre les recomiendo a los escritores que lean sus contratos o cesiones de derechos antes de firmarlos.


Damián Ríos

5 de octubre de 2009 19:09 maiakovski dijo...

Bueno, damián, nadie acusaría nunca a un editor de obligar a alguien a publicar nada. Vos estás en un lado bueno en una relación capitalista y eso lleva ciertas consecuencias, más allá dfe la honestidad o deshonestidad personal de cada uno. Pasra mí, la relación entre grandes editoriales y escritores jóvenes argentinos, pragmáticamente considerada, no es ventajosa para estos últimos. Así lo pienso y así lo digo, sin intención de instar a nadie a que se autoedite en cartón por toda la eternidad. es una opinión sobre la coyintiura editorial, punto. El camarada Posadas ve el mercado hasta en la cama, así debe coger. Por último, estoy ansioso de que me pasen por arriba. La verdad. ya estoy cansado de tanto boludo y quiero ganar un premio Herralde y retirarme a Princeton como Pauls.

5 de octubre de 2009 20:49 Anónimo dijo...

"El camarada Posadas ve el mercado hasta en la cama, así debe coger." jajajaj grosso maia, muy pedagógico...

6 de octubre de 2009 22:56 facxiu dijo...

Rubio, lo sabemos, nunca vas a ganar el herralde, y no por falta de méritos o cualidades literarias. Tu Destino es Otro, y eso creo que ya lo debés tener procesado.

hasta la victoria!
PG

7 de octubre de 2009 09:28 Anónimo dijo...

Alejandro: yo creo que hay ventajas y desventajas. Es esperable que alguien que se dedica a escribir y a leer, pueda leer con atención y evaluar si le conviene o no participar de una antología o editar su novela en una gran editorial. En ese sentido no creo que los escritores jóvenes sean víctimas de nada. Entre las ventajas, algún anticipo que no pueda afrontar una editorial chica o mediana y la distribución que pueda tener el libro, y si es un buen negociador le puede sacar algunas cosas más. Entre las desventajas, bueno, la editoriales chicas tienen mejor prensa y en general, depende del autor, una novela X en Entropía, por ejemplo, vende más que la misma novela en Planeta: Entropía distribuye mejor sus libros y al ser una editorial de catálogo, muchos libreros saben qué esperar de sus libros; Planeta edita decenas de novedades por mes y la novela X pasa desapercibida y a veces es devuelta sin ser siquiera exhibida. También, con editoriales chicas el autor puede tener mayor soberanía sobre aspectos como arte de tapa, paratextos e incluso manejo con la prensa. Con lo que no estoy de acuerdo es conque los escritores jóvenes sean víctimas de los grandes pulpos. Es decir, lo son si se manejan mal, si firman cualquier cosa con tal de publicar. Pero eso también pasa con editoriales pequeñas.

Damián Ríos

7 de octubre de 2009 09:35 Editor dijo...

Cuando digo que Entropía distribuye mejor, me refiero a que distribuye más puntualmente sus libros, aunque con menores tiradas. Planeta hace una distribución más masiva, de mayor alcance pero no muy inteligente. Aunque es posible encontrar una novela de un escritor joven en una librería de Jujuy o de Bariloche si fue editada por una editorial grande. Una chica apenas si llega a Rosario, Córdoba y con suerte a Mar del Plata o Bahía Blanca. Eso puede estar cambiando, pero lo real es que a una editorial chica se le hace muy caro enviar 4 ejemplares de sus novedades a las provincias, porque editan pocas novedades y no da la ecuación. En cambio las grandes tienen mucho más aceitada su distribución.

Damián Ríos

7 de octubre de 2009 19:25 maiakovski dijo...

Damián, yo no quise poner la cosa en términos de víctimas y victimarios. Digo que los anticipos de las multinacionales,que tampoco son para salvarle la vida a nadie, como sí sucede, o casi, en las centrales de esas mismas editoriales, son un señuelo para que los escirotres pierdan la presencia y el protagonismo (imaginate a Oloixarac en Mondadori...) que les garantizarían otras ediroriales u otros modos de edición, como puede ser el virtual, y que en el caso de la antología que estamos discutiendo ni siquiera fueron muy significativos. Quiero decir que si yo fuera un narrador de menos de treinta años ahora, no iría a una gran editorial. También la intención era cuestionar la primacía de las antologías como modo favorito de publicación de jóvenes escritores. Por lo menos este tipo de antologías: "15 jóvenes escritores escriben sobre el peronismo". Y también cuestionaba el tipo de crítica que estas antologías suscitan, demasida guiadas por la consigna. En resumen: para mí las antologías en multinacionales favorecen la pereza intelectual y no le abren realmente el camino a nadie. Y no era ésa la idea, ¿no?

8 de octubre de 2009 01:37 Anónimo dijo...

Alejandro: no, Oloixarac en Mondadori es o era imposible; lo mismo para Bejerman y tantos y tantas más, en eso coincido. Busqued es otro caso, lo mismo que Meret. En el caso de todo esos escritores, sus primeras obras hubiesen pasado desapercibidas en una editorial grande, porque una editorial grande no vende catálogo, vende autores y ninguno de esos autores tiene o tenía la visibilidad suficiente como para sobreponerse al nombre de una editorial grande. En cuanto a los anticipos por una novela, bueno, se le pueden sacar 3 o 4 alquileres, qué sé yo. No es mucho, pero tampoco es para despreciar.
El caso de las antologías, bueno, tiene que ver con las políticas en el largo plazo que pueda tener una editorial. Pienso: Jorge Álvarez editó en los 60 más 100 antologías y realmente salieron escrituras de ahí: primeros cuentos de Piglia, Walsh, Rozenmacher, etc. Todo depende de las políticas de las editoriales. Y además, en el caso de Mondadori, Bruzzone, Incardona, Oyola, Terranova están publicando sus novelas ahí. Es decir que no es la única política editorial respecto de las escrituras más recientes. Que te guste o no el recorte es otra cosa.
Acá, hasta hace 20 años, había un grado de informalidad en las editoriales chicas que las grandes repararon: hay que examinar el caso Levrero y ver lo que sufrió con algunas de sus publicaciones en editoriales independientes. Lo mismo con los traductores. No estoy defendiendo al grupo Berlusconi, sólo trato de pensar con amplitud el problema. Ahora es otra cosa y se firman contratos más serios. Todo bien con el CEAL pero preguntale a Fogwill, Aira, Gandolfo, Uhart si alguna vez vieron alguna moneda por sus libros. Claro, hablás mal del CEAL y te quieren matar todos, porque el editor tiene un monumento.
La literatura joven es una cosa que tomó mucha visibilidad gracias al trabajo de Interzona, Entropía, Mansalva y antes gracias a muchas otras editoriales aún más pequeñas. A partir de esa visibilidad, las editoriales grandes empezaron a tener sus políticas, a ver si podían rascar algo y de paso posicionarse hacia Frankfurt 2010; algo que hicieron editoriales de todo el mundo respecto de los escritores argentinos en general. Pensá en la cantidad de premios argentinos en los últimos 5 años. Pero ya va a pasar esa feria y las editoriales grandes que realmente tienen un interés en las narrativas más recientes verán si siguen apostando o no a esas escrituras.
Yo tengo algunas pistas, pero hasta acá es todo lo que puedo decir gratis.

abrazo,

Damián Ríos

8 de octubre de 2009 08:47 Anónimo dijo...

Las antologías no fracasan porque estén organizadas en torno a temas (lo cual como estrategia de marketing es muy happy puppet) o porque la crítica esté guiada por la consigna (o sea: la única crítica decente que se les hizo, publicada en este blog, no estuvo guiada por la consigna sino por la política). Fracasan porque a los temas pelotudos justamente se les suma la creencia en que estamos todavía en los sesentas, o sea, que ahora publican muchos, después van a quedar unos pocos que jugarán en el parnaso de la tradición. Bueno, boys, eso me parece por lo menos dudoso. ¿A quién carajo además de a ustedes dos y otros tres o cuatro locos lindos más le importa si fogwill recomendó en El País de España a Mengueche o a Magoya? Por favor, no mezclemos ocio con realidad. El problema acá es otro. Que los jóvenes escritores publiquen con el Duce Berlusconi o con Editorial Miopía es una discusión inútil de pequeño propietario, aunque es verdad que les conviene publicar toda la vida en las chicas - indies no por los alquileres (si el anticipo de una primera novela llega a dos te pago una cena, damián) o el recuadrito en la tapa de ADN, sino simpelemnte porque las multinacionales son el enemigo, Kraft es el estado socialista al lado de las multinacionales del libro, y publicar literatura argneitna les sirve como coartada cuando van a hacer lobby en los ministerios para que no les cobren impuestos y metan una ley del libro light como la que va a salir, que es una payasada. Así que por favor no sean forros, el CEAL no pagaba pero al menos tenía un poryecto político y pedagogico.

8 de octubre de 2009 12:45 Anónimo dijo...

Anónimo:
1)me debés una cena.
2)a mí no me marca la agenda Fogwill. A la lista me la hago solito. No sé a vos. Capaz no te das cuenta y te la hizo un ayudante de cátedra ad honorem de Puán o Sociales, es lo mismo.
3)Sí, yo también creo que las multinacionales son el enemigo. Por me baño con agua de lluvia.
4) El CEAL no pagaba ni a los escritores y más de una vez tampoco le pagaba a los empleados. Era re de izquierda.
5) Estaría bueno que firmes, de verdad, por ahí hasta podemos conocernos y charlar.

saludos

8 de octubre de 2009 13:35 Caro dijo...

sí, queremos firmas y debate en serio, es muy interesante todo lo que se dice acá. pero cobremos entrada así DR nos dice lo que no dice gratis!

8 de octubre de 2009 18:54 maiakovski dijo...

Tres términos que figuran en todo comentario pelotudo de este blog: "happy puppet", "político" y "pedagógico".

Frankfurt 2010, Frankfurt 2010, todos estuvimos allí...

Las editoriales, vaya y pase, pero ¿vale la pena que los escritores con poca obra debido a su juventud se obsesionen con Frankfurt 2010?

Spìwacow era del PC. El PC siempre tuvo la política de cagar a su propios proletarios, incluidos los escritores, en nombre del proletariado internacional. Dejó buenas colecciones de la misma manera que Rocca deja extraordinarias rutas.

Te equivocás, Caro: Damián NUNCA va a decir en un blog lo que no dice gratis. Son demasiados años.

Vanoli y Vecino son un desastre.

9 de octubre de 2009 09:47 Estrella dijo...

Recién termino de leer este largo (larguísimo post), que me agarró de las narices desde el primer párrafo. Lástima que no leí el libro...

9 de octubre de 2009 11:14 Anónimo dijo...

en serio chicos, en lugar de disimular el debate con chiquiteces de campito restringido y oligofrénico -como hacés vos, rubio querido, que sos un aparato total y así debés coger; a saber: el anticipo a los escritores, el aburridísimo debate anticrítico y antipopular indies vs. majors o si las antologías sirven o no sirven- empecemos a pensar mejor en formas de leer, en formas de construir una agenda de lecturas e intervenciones en función de objetivos políticos concretos, en la lectura de obras particulares en función de una obra general y un proyecto creador, etc.. En el caso del Pensamiento Gonzalo, la democratización radical de la cultura, y en el caso de Rubio, la mistificación de la literatura como algo trascendente y autónomo. La diferencia con este post es que acá se intenta leer, mal o bien, desde conceptos críticos de la mejor sociología y la teoría literaria y Rubio, en cambio, piensa con una lógica pedestre de malos, buenos, cosas auténticas y oropeles, alta cultura y baja cultura, etc., como cuando dice: "la joven guardia es un invento de los editores y las multinacionales para vender libros". Oh dios, que regresivo y de trazo grueso que sos rubito.

Damián Tabarovsky

9 de octubre de 2009 11:16 Anónimo dijo...

Vanoli y Vecino son los sultanes del swing.

9 de octubre de 2009 19:30 maiakovski dijo...

Tabarovsky, me sorprende que vos me acuses de grueso y mistificador después de haber publicado un libro como Literatura de izquierda. Y todos los que le siguieron. Y tu columa en Perfil. Y después de que fundiste Interzona publicando libros como el de Aibinder, el colmo de la mistificación en poesía de los 90 cosa que seguramente no sabías, porque es proverbial tu ignorancia del género. ¿Así que estás en yunta con este blog? Al final te quedaste con los aliados que merecés. Abrí vos las discusiones que quieras, desde los blogs o desde Perfil. Yo me quedo con mi campito restringido y oligofrénico que no les intera a patrones como Fonteveccia.

9 de octubre de 2009 19:38 maiakovski dijo...

En cuanto a la parte personal de tu comment, Damiancito: yo seré un aparato y así cogeré, pero de vos dicen que sos muy mugriento. No me gustaría coger con vos.