
Hace unos días murió Claude Lévi-Strauss, uno de esos tipos que uno creía muerto hace mucho tiempo, uno de esos nombres que uno asocia inmediatamente más a las bibliografías canónicas que a la tierra de los vivos. Pero no. El tipo hasta hace poco estaba respirando el mismo aire que todos nosotros. ¿Quién nombra la palabra “estructuralismo” hoy en día como algo del presente? Un defasaje temporal, una vida tan siglo XX, que nos provoca una inevitable sorpresa al sabernos contemporáneos. Cómo sea, acababa de volver de un viaje a Jujuy por trabajo cuando leí sobre su muerte, así que abrí sus Tristes Trópicos y me encontré con la primera, contundente, línea del libro: “Odio los viajes y los exploradores”. Comparto algo de esa incomodidad de viajar para contarla, de esa necesidad del desplazamiento físico para obtener la ilusión de haber captado algo de fenómenos que nos son totalmente esquivos, que nunca comprendemos del todo aunque hayamos estado ahí, en el lugar. Pero, igualmente, me dispongo, algo, de un viaje.
El camino desde San Salvador de Jujuy (o, en realidad, desde el aeropuerto, porque no entramos en la ciudad) hacia el pueblo donde vamos a trabajar está bordeado de parcelas de caña de azúcar. Los tonos de verde de los cañaverales son más intensos a medida que nos acercamos hacia el Ingenio. Kilómetros y kilómetros de campos de cañas que aumentan su altura a medida que nos acercamos a la localidad donde está la planta que las convertirá en papel, en azúcar de mesa y, beneficios de las crisis petroleras recientes, en biocombustible. Esta no es la zona más pintoresca, folleto style de la provincia. No están presentes las montañas de la Cordillera ni el legado incaico ni los turistas con pesadas mochilas deseosos de un poco de color latinoamericano. Pero es Latinoamérica, eh. Claro que sí. Cuando pasamos por enfrente del Ingenio Ledesma el olor a podrido del deshecho de la caña lo invade todo: Botnia, pero ningún puente está cortado. Y a los pies de la planta crece la segunda ciudad más grande de la provincia.
Y es inevitable que recuerde la leyenda de El Familiar, ahora que estoy jugando al investigador estatal en los campos de la familia Blaquier. Se la cuento, a la noche, en la sobremesa, a mis compañeras de viaje. El perro negro, enorme, y sin cabeza que sale una vez al año a devorarse peones en los cañaverales. Un pacto con el diablo que los señores del Ingenio acuerdan para asegurarse una buena cosecha. Una manera en que los mitos populares transmutan las páginas más hardcore de la sociología marxista en superstición folklórica. Es sabido: algo de verdad, algo de mito.
A la vuelta de la hostería donde nos alojamos, está la escuela primaria del pueblo. No hay placa ni nada, pero una celebridad concurrió a esas aulas. Una las personas del pueblo a las que tenemos que entrevistar nos lo informa: Evo Morales fue alumno de esa escuela durante unos meses. Sus padres era zafreros que seguían la ruta anual de las cosechas: campos de Bolivia, de Tucumán, de Jujuy. El interminable ciclo de las migraciones rutinarias, silenciosas, casi invisibles de Latinoamérica. Me saco una foto en la puerta de la escuela. Bueno, dos: una haciendo la V, otra con el puño cerrado en alto. Ecumenismo político.
Después de cuatro horas de entrevistas a diferentes referentes comunitarios no puedo desentrañar qué es la Organización Tupac Amaru. Una semana antes se produjo en la capital de Jujuy el ya conocido escrache a Gerardo Morales, y la subsiguiente andanada de los medios nacionales contra la líder de la organización, Milagro Sala. Lo primero que le pregunté al remisero que nos llevó hasta el pueblo es por la situación política de la provincia. Mala elección. Tuve que aguantar unos 70 kilómetros de lugares comunes, no muy distintos a si la pregunta la hubiera hecho, digamos, en un taxi de Corrientes y Callao. Pero está bien. Todo suma a la hora de hacerse una reconstrucción de lugar, y la verdad es que, como recién llegado, como observador casual, uno no puede despreciar los datos que le ofrece un tipo que labura arriba de un coche doce horas por día y que conoce el territorio mejor que muchos especialistas en políticas sociales. La versión neo-iluminada de cierto kirchnerismo para el cual todos los demás son “cabezas parlantes” de los medios no me termina de cerrar. En todo caso, la opacidad de lo político, su carácter conflictivo, hecho de percepciones, de recelos, de medias verdades, siempre está mediado por filtros. El fascismo de ciertas capas medias pauperizadas debería motivar algo más que los chistes ya gastados, que las ironías que intercambiamos, entre nos, entre los conversos.
El símbolo gráfico de la Tupac Amaru es una “A” que enmarca la cara del líder inca del siglo XVIII que se levantó contra el dominio español. Tiene cierta reminiscencia a la iconografía de una película que pasó sin pena ni gloria hace unos años por los cines porteños: V de Vendetta. Una gran película que retomaba, dentro de la tradición británica, a otro mártir antimonárquico: un tal Guy Fawkes, que intentó poner una bomba en el Parlamento mientras el rey y la aristocracia se encontraban ahí. La “A” de la Tupac aparece pintada en los paredones del pueblo, en los tanques de agua de las casas construidas por la organización. Una marca, un recordatorio, una señal.
Y aparece, claro, en los natatorios que construye siempre la Tupac al lado de los barrios levantados por la organización. No son piletas olímpicas, enormes, gimnásticas, deportivas. Son lugares pensados exclusivamente para la recreación vespertina de pibes que viven en pueblos donde el polvo y el calor te dejan exhausto a los cinco minutos. Pueblos donde todo se suspende, en defensa propia, entre las 13 y las 17. Más que los viejos modelos deportivos justicialistas, con esa tendencia al monumentalismo, estos complejos tienen algo de parque temático. Sombrillas de paja al estilo playero, piletas de distinta profundidad, toboganes, e, incluso, unos extraños modelos de yeso a escala natural de los animales de la zona. Sí, al lado de las parrillas, junto a unas hamacas, se podían ver unos tapires, unos yaguaretés, unos tucanes extáticos brillando al sol. Toda una representación que aunaba el ocio popular con conceptos como la ecología y la identidad local.
La mayor parte del trabajo transcurre en el CIC del pueblo, los centros integradores comunitarios desde los cuales parten los hilos maternales que el Ministerio de Desarrollo Social tiende sobre las poblaciones del interior. Como dijo un gran poeta argentino contemporáneo: “en la punta del ovillo siempre hay una trabajadora social”. Y así es, la trabajadora social recorre todas las semanas varios kilómetros para coordinar las reuniones del CIC, para acordar que acciones se realizan en el pueblo, que está haciendo falta, a quién llamar para conseguir lo necesario, cómo conseguir recursos para un nuevo emprendimiento, cómo “bajar” determinado programa a la localidad. El modelo de la gestión participativa, por el que tantos papers, tantos burócratas, tanta tinta se ha derramado. ¿Falta agua en el pueblo? Juntémonos, discutamos, hagamos un proyecto y lo presentamos a… No, nada más quiero abrir la canilla y que salga agua. Todos soñamos en determinado momento con un Estado donde entre el ciudadano y el gobierno la relación sea de perfecta transparencia. Es un sueño, nada más. Y no estoy seguro, confieso, de que sea el sueño correcto.
Frente a la ventana de mi habitación hay un paredón. Detrás del paredón está una de las mansiones de los Blaquier. La Sala, le dicen. Cuando baja el sol se empiezan a escuchar gritos. Después me enteraré que en realidad son los sonidos de los pavos reales que se pasean por el parque de la casa. Un taxista, la última noche, me cuenta que su hermano saltó una vez el tapial para ver como era la casa de los dueños del pueblo. No pudo ver mucho, salió corriendo, con los custodios de la casa pisándole los talones. ¿Habrá pavos reales de yeso en la pileta de la Tupac?
La última noche, antes de acostarme, descubro una pila de revistas viejas en la habitación. Una colección de “Cuarta Dimensión”, la revista sobre fenómenos paranormales que Fabio Zerpa dirigía en los años 80. Otros mundos. Me voy a la cama con una que habla de pactos diabólicos entre Hitler y los tibetanos, de grutas donde se esconden ciudades extraterrestres, de la correlación entre aparición de ovnis y terremotos. Otros mundos. No más extraños que el nuestro.







