CON T DE TUPAC

por Mariano Canal



Hace unos días murió Claude Lévi-Strauss, uno de esos tipos que uno creía muerto hace mucho tiempo, uno de esos nombres que uno asocia inmediatamente más a las bibliografías canónicas que a la tierra de los vivos. Pero no. El tipo hasta hace poco estaba respirando el mismo aire que todos nosotros. ¿Quién nombra la palabra “estructuralismo” hoy en día como algo del presente? Un defasaje temporal, una vida tan siglo XX, que nos provoca una inevitable sorpresa al sabernos contemporáneos. Cómo sea, acababa de volver de un viaje a Jujuy por trabajo cuando leí sobre su muerte, así que abrí sus Tristes Trópicos y me encontré con la primera, contundente, línea del libro: “Odio los viajes y los exploradores”. Comparto algo de esa incomodidad de viajar para contarla, de esa necesidad del desplazamiento físico para obtener la ilusión de haber captado algo de fenómenos que nos son totalmente esquivos, que nunca comprendemos del todo aunque hayamos estado ahí, en el lugar. Pero, igualmente, me dispongo, algo, de un viaje.

El camino desde San Salvador de Jujuy (o, en realidad, desde el aeropuerto, porque no entramos en la ciudad) hacia el pueblo donde vamos a trabajar está bordeado de parcelas de caña de azúcar. Los tonos de verde de los cañaverales son más intensos a medida que nos acercamos hacia el Ingenio. Kilómetros y kilómetros de campos de cañas que aumentan su altura a medida que nos acercamos a la localidad donde está la planta que las convertirá en papel, en azúcar de mesa y, beneficios de las crisis petroleras recientes, en biocombustible. Esta no es la zona más pintoresca, folleto style de la provincia. No están presentes las montañas de la Cordillera ni el legado incaico ni los turistas con pesadas mochilas deseosos de un poco de color latinoamericano. Pero es Latinoamérica, eh. Claro que sí. Cuando pasamos por enfrente del Ingenio Ledesma el olor a podrido del deshecho de la caña lo invade todo: Botnia, pero ningún puente está cortado. Y a los pies de la planta crece la segunda ciudad más grande de la provincia.

Y es inevitable que recuerde la leyenda de El Familiar, ahora que estoy jugando al investigador estatal en los campos de la familia Blaquier. Se la cuento, a la noche, en la sobremesa, a mis compañeras de viaje. El perro negro, enorme, y sin cabeza que sale una vez al año a devorarse peones en los cañaverales. Un pacto con el diablo que los señores del Ingenio acuerdan para asegurarse una buena cosecha. Una manera en que los mitos populares transmutan las páginas más hardcore de la sociología marxista en superstición folklórica. Es sabido: algo de verdad, algo de mito.

A la vuelta de la hostería donde nos alojamos, está la escuela primaria del pueblo. No hay placa ni nada, pero una celebridad concurrió a esas aulas. Una las personas del pueblo a las que tenemos que entrevistar nos lo informa: Evo Morales fue alumno de esa escuela durante unos meses. Sus padres era zafreros que seguían la ruta anual de las cosechas: campos de Bolivia, de Tucumán, de Jujuy. El interminable ciclo de las migraciones rutinarias, silenciosas, casi invisibles de Latinoamérica. Me saco una foto en la puerta de la escuela. Bueno, dos: una haciendo la V, otra con el puño cerrado en alto. Ecumenismo político.

Después de cuatro horas de entrevistas a diferentes referentes comunitarios no puedo desentrañar qué es la Organización Tupac Amaru. Una semana antes se produjo en la capital de Jujuy el ya conocido escrache a Gerardo Morales, y la subsiguiente andanada de los medios nacionales contra la líder de la organización, Milagro Sala. Lo primero que le pregunté al remisero que nos llevó hasta el pueblo es por la situación política de la provincia. Mala elección. Tuve que aguantar unos 70 kilómetros de lugares comunes, no muy distintos a si la pregunta la hubiera hecho, digamos, en un taxi de Corrientes y Callao. Pero está bien. Todo suma a la hora de hacerse una reconstrucción de lugar, y la verdad es que, como recién llegado, como observador casual, uno no puede despreciar los datos que le ofrece un tipo que labura arriba de un coche doce horas por día y que conoce el territorio mejor que muchos especialistas en políticas sociales. La versión neo-iluminada de cierto kirchnerismo para el cual todos los demás son “cabezas parlantes” de los medios no me termina de cerrar. En todo caso, la opacidad de lo político, su carácter conflictivo, hecho de percepciones, de recelos, de medias verdades, siempre está mediado por filtros. El fascismo de ciertas capas medias pauperizadas debería motivar algo más que los chistes ya gastados, que las ironías que intercambiamos, entre nos, entre los conversos.

El símbolo gráfico de la Tupac Amaru es una “A” que enmarca la cara del líder inca del siglo XVIII que se levantó contra el dominio español. Tiene cierta reminiscencia a la iconografía de una película que pasó sin pena ni gloria hace unos años por los cines porteños: V de Vendetta. Una gran película que retomaba, dentro de la tradición británica, a otro mártir antimonárquico: un tal Guy Fawkes, que intentó poner una bomba en el Parlamento mientras el rey y la aristocracia se encontraban ahí. La “A” de la Tupac aparece pintada en los paredones del pueblo, en los tanques de agua de las casas construidas por la organización. Una marca, un recordatorio, una señal.

Y aparece, claro, en los natatorios que construye siempre la Tupac al lado de los barrios levantados por la organización. No son piletas olímpicas, enormes, gimnásticas, deportivas. Son lugares pensados exclusivamente para la recreación vespertina de pibes que viven en pueblos donde el polvo y el calor te dejan exhausto a los cinco minutos. Pueblos donde todo se suspende, en defensa propia, entre las 13 y las 17. Más que los viejos modelos deportivos justicialistas, con esa tendencia al monumentalismo, estos complejos tienen algo de parque temático. Sombrillas de paja al estilo playero, piletas de distinta profundidad, toboganes, e, incluso, unos extraños modelos de yeso a escala natural de los animales de la zona. Sí, al lado de las parrillas, junto a unas hamacas, se podían ver unos tapires, unos yaguaretés, unos tucanes extáticos brillando al sol. Toda una representación que aunaba el ocio popular con conceptos como la ecología y la identidad local.

La mayor parte del trabajo transcurre en el CIC del pueblo, los centros integradores comunitarios desde los cuales parten los hilos maternales que el Ministerio de Desarrollo Social tiende sobre las poblaciones del interior. Como dijo un gran poeta argentino contemporáneo: “en la punta del ovillo siempre hay una trabajadora social”. Y así es, la trabajadora social recorre todas las semanas varios kilómetros para coordinar las reuniones del CIC, para acordar que acciones se realizan en el pueblo, que está haciendo falta, a quién llamar para conseguir lo necesario, cómo conseguir recursos para un nuevo emprendimiento, cómo “bajar” determinado programa a la localidad. El modelo de la gestión participativa, por el que tantos papers, tantos burócratas, tanta tinta se ha derramado. ¿Falta agua en el pueblo? Juntémonos, discutamos, hagamos un proyecto y lo presentamos a… No, nada más quiero abrir la canilla y que salga agua. Todos soñamos en determinado momento con un Estado donde entre el ciudadano y el gobierno la relación sea de perfecta transparencia. Es un sueño, nada más. Y no estoy seguro, confieso, de que sea el sueño correcto.

Frente a la ventana de mi habitación hay un paredón. Detrás del paredón está una de las mansiones de los Blaquier. La Sala, le dicen. Cuando baja el sol se empiezan a escuchar gritos. Después me enteraré que en realidad son los sonidos de los pavos reales que se pasean por el parque de la casa. Un taxista, la última noche, me cuenta que su hermano saltó una vez el tapial para ver como era la casa de los dueños del pueblo. No pudo ver mucho, salió corriendo, con los custodios de la casa pisándole los talones. ¿Habrá pavos reales de yeso en la pileta de la Tupac?

La última noche, antes de acostarme, descubro una pila de revistas viejas en la habitación. Una colección de “Cuarta Dimensión”, la revista sobre fenómenos paranormales que Fabio Zerpa dirigía en los años 80. Otros mundos. Me voy a la cama con una que habla de pactos diabólicos entre Hitler y los tibetanos, de grutas donde se esconden ciudades extraterrestres, de la correlación entre aparición de ovnis y terremotos. Otros mundos. No más extraños que el nuestro.

FIDEO PRODUCCIONES INDEPENDIENTES

por Diego Vecino

Sometimes you're better off dead
Pet Shop Boys, «West End Girls»



Hace algunas semanas el Suplemento Sí! de Clarín le hizo una entrevista a Sergio “Fideo” Galván, líder de Supermerk2, una de las bandas más relevantes de la cumbia villera. La trayectoria del conjunto es un referente claro de los procesos más generales que surcan el género y que, hacia los primeros años de esta década, definieron y consolidaron una verdadera cultura de producción y una importante industria musical; un espacio de circulación compuesto por sellos discográficos, agencias de prensa, managers y un circuito de escenarios distribuidos a lo largo y ancho del país. Supermerk2 y, especialmente, la acción de Fideo Galván como líder, manager e ídolo de audiencias, informan los procesos complejos en que se intersectan subcultura e industria, alimentándose mutuamente en la conformación de un campo de producción y circulación específico: códigos e imaginarios compartidos, artistas y un público especializado, nodos de sociabilidad que construyen redes de intercambio e identidad. Pero vamos a los hechos.

Supermerk2 se fundó al calor de los saqueos del 19 y 20 de Diciembre, y de ahí su nombre. También se llama así porque, como explica Fideo, todas las bandas de cumbia que la estaban pegando por esos años críticos tenían nombres que hacían alusión a la droga y había que estar ahí: “Yo era anti cumbia villera y fanático de La Nueva Luna. Pero un día, estábamos ensayando con un grupo buscando calidad, matices, cosas lindas, con timbales. Cae un tipo a la sala, ‘quiero contratarlos para un cumpleaños de 15. Les doy 500 pesos’. Cagados de hambre, nos pusimos a ensayar. ‘Alquilamos un sonido de $ 120, quedan 70 pe para cada uno’. El tipo vuelve con la hija y nos da una lista de temas: La marca de la gorra, Se te ve la tanga. No queríamos hacerla, y nos ofrece mil pesos. Ahí vi que todos iban para allá y yo para acá. Así que me chanté la visera y empecé a escribir letras más irónicas, actualizadas.” Esta anécdota es tan hermosa como aleccionadora. En un sentido general y muy lírico da cuenta de cómo la cumbia villera no fue fenómeno simple; esto es, un proceso unidireccional de abajo hacia arriba; una subcultura plebeya que nació de la violencia suburbana y que, posteriormente, fue fagocitada por una industria usurera y expansiva. Es cierto que esta figura, a esta altura, es un poco anacrónica. También es cierto que es tan anacrónica como persistente en el imaginario de clases medias escolarizadas con una sana curiosidad exotista por lo popular y una inexplicable melancolía por momentos de la historia de la humanidad que sus mayores les han enseñado a respetar –el dadaísmo, la revolución china, el punk, la revista Literal. Este tipo de lectura de las vanguardias representa una lógica de interpretación práctica informada por una fe inocente en los mitos de la independencia, la contracultura y la marginalidad que hoy vemos, por ejemplo, en las lecturas voluntaristas y épicas de las nuevas tecnologías 2.0, o en muy buenos documentales como RIP!: A remix Manifesto, que hace poco dieron por I-Sat. Pero volvamos.

Al contrario de estas voluntades que identifican lo bajo con lo genuino, lo nuevo con lo disruptivo y lo plebeyo con lo subversivo, la cumbia villera nos enseña una lección muy valiosa y sabia que todos deberíamos incorporar: como caso marginal que radicaliza la lógica de funcionamiento de la cultura occidental, la cumbia villera es una subcultura viral y plebeya que nace al interior de una industria consolidada, de sus superficies y espacios específicos de circulación y consumo, heredados del auge en los ’90 de la cumbia romántica; Sombras, Green y Gilda. Pero, ¿qué más nos enseña la cumbia villera? Decir que es una cultura surgida de una industria tanto como una industria surgida de una cultura es escaso. Otra cosa que nos enseña la cumbia villera es que una industria, una lógica sistemática de evaluación de producto, packaging, marketing y comercialización de bienes simbólicos es también una forma de imaginar el mundo, de interpretarlo y de actuar en él. Esto es, que una industria puede ser violenta y subversiva del orden. Anoten eso.

Vayamos a la otra anécdota que termina de contornear el ciclo de nacimiento de Supermerk2 y que explica lo que quiero decir: su bajista y co-fundador junto al Fideo Galván, Alejandro Mamani, fue muerto en 2002 tras disparar, sin proponerselo, a Bernardo Florentín y Esteban Sosa –dos que no tenían nada que ver– en un hecho de violencia confuso en una fiesta en el barrio Alem de Laferrere. Pelea circunstancial, viejos enconos o nimia guerra facciosa que deja tres muertos, tres heridos y dos pistolas 9mm que nunca aparecerán. Esta narración completa el mito de origen y ubica a Supermerk2 en la intersección entre industria y cultura. Con esto no quiero decir que el Fideo Galván represente a una industria arribista y expansiva y Alejandro Mamani exprese las variaciones de una contracultura plebeya, subversiva y violenta incapaz de estabilizarse e institucionalizarse. Digo, por el contrario, que si Supermerk2 se transformó en una banda de culto que influenció la forma de producir y consumir cumbia en los años posteriores, como de hecho hizo, fue por su capacidad de vincularse exitosamente al mundo de violencia simbólica propio de la cumbia villera, tanto como por poner esa violencia en circulación masiva a través de los mecanismos democratizadores del marketing y la industria cultural. El ethos villero que consagra la muerte de Alejandro Mamani se efectiviza y realiza en el éxito de Fideo Galván como productor y líder carismático de cumbia. Sin este último factor, el hecho sería leído socialmente como un simple acto de barbarie suburbana: “Hoy la pintura resiste el paso del tiempo, Supermerk2 es banda de culto, el ex socio de Mamani, Fideo Galván, produce un nuevo grupo de cumbia, El Empuje, y el cantante que inmortalizó el tema La lata, alejado por aquel entonces de la interna que desmembró a la banda formada en la esquina de Crovara y Cristiania, la sigue rompiendo en los escenarios con su nueva formación, Club Atlético Chanchín (C*A*CH)”, como escribe Facundo Di Genova en el Suplemento No.

Este hecho de violencia física intercepta y colorea este otro: Neil Francis Tennant, de la gloriosa Pet Shop Boys, es fanático de Supermerk2. Lo imagino viendo recitales del Fideo Galván por YouTube, mirándolo tocar en escenarios improvisados sobre canchas de basket de clubes sociales del interior, o bajo las luces fuertes del circuito bolichero del Oeste, asociando esa energía a los recitales de Kraftwerk en los ’70, disfrutando de la música. Galván fundó Fideo Producciones Independientes, y maneja algunas de las mejores bandas de cumbia villera en el circuito actualmente, organizando giras por toda Latinoamérica y los Estados Unidos: “Allá [en Nueva York] compré tres aparatos de blue tooth. Entonces en el show digo: ‘Muchachos prendan el blue tooth’, y el archivo da la vuelta a todo el boliche. Pueden ser fotos, temas, lo recibieron 500 personas. Es una infección.”

PITY ALVAREZ, UN ISIDRO VELAZQUEZ DEL CAPITALISMO BLANDO

Por Hernán Vanoli

"¿Qué me vienen a hablar de la lealtad? ¿Que carajo me vienen a hablar de la lealtad? Nosotros somos la lealtad" Cristian Pity Alvarez


1. Empecemos por el final. Ayer no pude entrar al recital de Viejas Locas. Como un buen cristiano, había comprado mi ticket con anticipación, y también le regalé uno a mi chica. Después de más de una hora de cola con tranquilidad y expectativa, la policía empezó a reprimir sin razones aparentes para los que estábamos ahí. Lo único que habíamos visto fue un micro con unos quince barras de Vélez, que igual no son muchos porque es un club de plateístas, y algunas corridas. Pero nada más, estaba tudo bom tudo legal, seis cuadras de cola sobre Juan B. Justo sin vallas. Sin indicaciones, casi sin policía. Hasta que de pronto se pudrió todo. Primero fue el carro hidrante, después balas de goma, palos y gases lacrimógenos. Mi novia me clavaba las uñas en el brazo y varias chicas lloraban y vomitaban. Hubo, en algún momento, fantasmas poscromañón. Y también hubo un clima 2001. La represión fue tan cobarde e injustificada que muchos no la terminaban de creer. Dos pibes, media hora más tarde, me mostraron las heridas de las balas. Todavía lloraban de tanto gas que habían aspirado. Otro flaco, de Moreno y con una remera de La Renga, me contaba que había comprado la entrada por MercadoLibre y que a un amigo suyo se lo habían llevado por tener una cerveza en la mano. Otro quiso tirar un cascote y la novia lo frenó y lo convenció de seguir corriendo. Menos Mal. Un Siena con cuatro canas de civil freno en esa esquina a los pocos minutos, walkie talkies en mano. En Juan B. Justo, un pibe con un saco de corderoy y una novia con pollera me pregunto cómo salía para Palermo. Estaban vestidos medio de fiesta. Por esta derecho, le dije, pero se quedaron en el lugar sin saber qué hacer. Los vecinos de Liniers estaban en las puertas de las casas. El barrio invadido por sombras empapadas, babosas, puteando a la policía y pintadas con el azul pitufo del carro hidrante. Un borracho empezó a correr a un pibe con el uniforme de Vélez porque pasó con una especie de palo de hockey y lo hizo acordar de la policía. Después, en casa y con una cerveza, mi novia empezó a mostrarme como los medios le echaron la culpa a las víctimas, cuando los únicos responsables de todo fueron, repito, la organización, las Viejas Locas y la policía, que le disparaba a tres metros a pibes de dieciséis años desarmados y asustados, que agitaban las entradas en la mano creyendo que eso los podía salvar.

2. ¿Hay Viejas Locas después de Capusotto? Esa era una de las preguntas que organizaron mi peregrinación de ayer a Vélez. Antes de la represión, claro. Pero vayamos al grano: después de Capusotto, o después de la capusottización emotiva que impregna a muchos de los consumos simbólicos del amplio espectro de las clases medias que se construye como sujeto del rock, quedan dos actitudes. Una es la de siempre: la vivencia del rock como un acto de resistencia. “Argentinista, suburbano y neocontestatario” según los antropólogos Daniel Vila y Pablo Semán en un textito de hace varios años sobre el rock chabón. En ese artículo, el rock chabón sería una subvariante del rock nacional, donde la memoria social dignificatoria del primer peronismo se cruzaría con una cierta horizontalización de las relaciones entre producción y consumo. En el rock chabón, para Semán y Vila, los que están en el escenario, en el fondo, son iguales a los que hacen pogo, y esa identificación tendría un potencial político, le daría un plus de horizontalidad. Leído desde ahora, la cuestión de la horizontalidad podría haber sido una pesadilla pegajosa y anticipatoria sobre la implosión de la industria musical que, a su vez, anticipa hoy la implosión de la industria editorial vergonzosamente defendida por la Ley del Libro que transó Coscia mientras en Uruguay los chicos reciben laptops en las escuelas. La implosión, paradójicamente, no se produjo por transformaciones en la producción ni en el consumo, sino en la circulación que las sobredetermina, o sea, por internet. Lo sabemos todos, todos bajamos cosas de Taringa.

3. Aunque los rituales sociales tienen problemas para reacomodarse a la gramática de las luchas por el poder simbólico, y entonces muchas de las consignas que cantábamos en la fila van teledirigidas directo al vacío, esta asincronía podía ser zanjada por el carácter festivo del recital, regido por la orgiástica controlada del star system y la mitología berreta del rock. Ambas, sin embargo, terminan siendo productivas porque inventan maquetas expresionistas de una reacomodación posible de los cuerpos. Su sedimento es un repertorio emotivo, las marcas en el cuerpo de un éxtasis posible. Cuando vamos a un recital hacemos un uso diferente, comunitario, de las máquinas de imaginar que son las canciones.

4. El problema en el recital de las Viejas era que se festejaba una resurrección –volvían a juntarse después de 10 años-, y que en el fondo todos podíamos sentir que esa resurrección no era para que las Viejas volvieran a representar lo mismo que en el 96, porque eso es imposible. ¿Qué era, entonces, lo que podía resucitar en el escenario de Vélez? ¿Cuál es, hoy, la promesa de las Viejas Locas, además de que los chicos, como todos, prefieren no laburar?

5. Las promesas posibles, o las que yo imaginaba en la fila, podían condensarse en dos extremos:

a) Vivir el recital como un simulacro, y disfrutar en eso de mi propio hundimiento autocompasivo. Esta forma de consumo estaba basada en la idea de que no volvieron por la guita, o no sólo por la guita, sino porque no pueden hacer otra cosa, o sea, por la gloria que se sabe no va a poder recuperarse, como el Pelado Almeyda.

b) Flashear verdaderamente con lo que yo consideraba que era la promesa interesante de las Viejas, esto es, estar en el punto junto entre a) la superación de la cultura rollinga del reviente presente en la tradición que atraviesa a los Ratones Paranoicos, y encuentra su vertiente Pyme y Doncarlista en Callejeros, y chiquita y malograda en La 25, b) trascender la épica del aguante barrialista y antiprogreso de La Renga, y actualizar el nacanpopismo tardíamente asumido de Los Piojos, c) generar la alianza que Los Redondos nunca iban a poder generar con la cumbia, porque de hecho Viejas Locas es el eslabón perfecto e intermedio entre la cumbia villera y el aguante rollinga. En este plan, Viejas Locas volvían para reinventarse, y ocupar ese espacio vacante de la gran banda del rock nacional colocada en tensión con lo instituido, construyendo una especie de aleph de la resistencia cultural que vendría a prefigurar las nuevas formas de articulación de la lucha simbólica transclasista, pero también y más importante trans – tribal, de la que Intoxicados había sido un boceto inconcluso.

6. Las Viejas tocaron casi tres horas, casi todos los temas más conocidos, y la fiesta de resurrección tuvo también algo de cumpleaños. A esto puedo decirlo sin tener puta idea de lo que fue el recital. Si Capusotto es la superación dialéctica de Mario Sapag del mismo modo que el kirchnerismo es la superación dialéctica y por eso peronista de la promesa del alfonsinismo, el Pity es la actualización doctrinaria, orillera y posindustrial de Isidro Velázquez. Un Isidro Velázquez del tardocapitalismo. Pity, rebelde primitivo, en la Argentina de hoy, y teniendo en cuenta el panorama político, asume la vestimenta híbrida que condensa en efecto el eslabón perdido entre el populismo de avanzada y el kirchnerismo de escritorio. David Viñas señaló las paradojas del espacio semántico emergente entre el sainete y el grotesco durante el primer radicalismo, tras la crisis de la ciudad señorial. Invirtiendo la secuencia, Viejas Locas fue el grotesco y los Redondos el sainete del neoliberalismo en declive (la poesía de los noventa, por su parte, habrían asumido al mismo tiempo y como un sea monkey bifronte, los dos polos de la falsa oposición florida – boedo). Su regreso anticipa, a su modo, los relampagueos de una revuelta simbólica posible, y prefigura nuevos modelos emotivos para la insurgencia social en tiempos de YouTube. Como museo, como nostalgia o como grito en el vacío, o sea, más allá de lo que haga la banda, la materialidad histórica de su cruza excepcional permanece como espectro. Por eso, es natural que haya habido represión en la frontera del espectáculo. La vuelta de Viejas Locas, igual que la toma de comisaría por parte de Luis D’Elía hace cuatro años, es un umbral. Si el asesinato del Oso Cisneros implicó un límite y un repliegue, la represión de ayer todavía es ambivalente.

7. La segunda actitud para el recital es la de los antiguos fans de Viejas Locas, adolescentes de clase media a mediados de los noventa, que tras diez años de escolarización universitaria o parauniversitaria refinaron sus consumos culturales, abandonaron la alianza simbólica con otros sectores con menos oportunidades, consumieron música indie y en algunos casos llegaron a pagar casi 400 pesos para ver a Radiohead. Son los que fueron al recital con un poco de nostalgia y otro poco de curiosidad, están precarizados laboralmente pero subsisten por el apoyo familiar, en general se autoconciben como productores culturales con cierto talento que el tiempo no va a dejar de reconocer, y, principalmente, tienen un estilo de vida más parecido al de las clases medias altas que a las masas que supuestamente defienden como coartada exculpatoria a veces, como mitología de trascendencia otras, sin abandonar nunca un narcisismo exacerbado. ¿Hasta acá está bien? No, mejor sigamos un poquito más. Este segundo tipo de espectadores son los que cada fin de semana buscan desesperados una fiesta donde difícil y excepcionalmente consigan alguien para intercambiar un poco de flujos, ven a Capusotto con esa actitud entre cínica y negadora que Capusotto les reclama, conscientes de que cuando algo puede ser así de parodiado es porque como promesa de liberación no vale dos mangos, pero también conscientes de que no hay nada más y que nada, ni en pedo, va a hacerlos resignar sus privilegios de observadores cool de la cultura, un descanso en la eterna lucha individual por la supervivencia. Para ellos, la cultura del rock es un mito de origen sobre el cual intentan construir una precaria erudición y unos bienes de salvación inmanentes vinculados al mito de James Dean, que a veces sirve de coartada para una serie de excesos controlados y otras para una contemplación melancólica y retrospectiva, cuya formulación exacta aparece cuando dicen que fueron al recital a “ver el show”. Inconformes eternos, hijos fallidos del psicoanálisis y hermanos bobos de la pornografía, su drama es que no pueden abandonar el mito de la familia como horizonte de felicidad pero al mismo tiempo saben que ese proyecto fracasó hace rato. Bueno, estas son algunas de las contradicciones que proyecté en el segundo grupo de espectadores, en cuyos ojos, de más está decirlo, estaba yo y están todos ustedes, aunque yo nunca pagaría un peso por ver a Radiohead y sí pagaría unos cuantos por volver a ver a Viejas Locas.

8. A diferencia de las versiones más idiotas del progresismo, yo voy a bancar a este ethos social. Banco al ethos de las clases medias descarriadas, hartas de los militontos pendencieros y obedientes, descreídas, que no fueron a filo ni a sociales y piden mano dura, que fracasan y vuelven a fracasar en su angustia inclaudicable y en su rapiñez de pequeños ahorristas, que votan a Carrió o a la UCR, o a Pino Solanas, que alquilan por chirolas o están endeudados hasta que se mueran, y sin embargo compran los libros de Anagrama que vienen con Página/12 aunque el diario mucho no les guste y aunque no estén dispuestos a leer esos libros feos, que decoran sus casa con cosas compradas en Internet y se obsesionan con las series de Sony, y al mismo tiempo abandonaron toda idea de progreso económico y social, y ven como la vida les pasa por enfrente, como los vagones del tren de la costa, y para colmo tienen que bancarse que unos estadistas de cotillón, petulantes artistas de cuarta, les digan con desprecio "pequeña burguesía". Voy a bancarlo porque es el único sobre el cual, desde mi módico posicionamiento de beneficiario de los planes sociales a la escueta capa de profesionales liberales que representan las becas de posgrado, puedo intervenir sin un alto grado de servilismo, cinismo y esquizofrenia. Decía, entonces, que este segundo grupo, que es el que en el fondo, en sus bifurcaciones y segmentos, posee la hegemonía simbólica en nuestro país, fue a Vélez a hacer un consumo trash y vintage –lo vintage es precondición de lo trash- del recital de Viejas Locas. La movida, más o menos consciente, era morbosa y consistía tanto en hacerle el aguante al Pity, que es un genio desbordado y obviamente lo merece, como en experimentar qué pasaba en los propios cuerpos con el resto de esa promesa. El Pity, más allá de lo que piense o haga, es la contracara necesaria de Capusotto justamente porque su reviente desglamourizado y plebeyo, cero por ciento lacrimógeno igual que el de Capusotto, impide sin embargo la complicidad pasiva de la sensibilidad trash cuyo verosímil es la parodia degradada. Si Capusotto, producto de consumo familiar, es progresivo en esa parodia elevada al cuadrado –o sea, reclamarle a Capusotto menos sofistificación o “populismo arcaico” es una burrada de derecha-, el Pity es su contracara instituyente y sin red. Una mina de oro para los que, desde cualquier lugar, elijan la incomodidad de no hablarle a los conversos. O, como hubiera dicho el bueno de Carri, formas prerrevolucionarias de la violencia, pero simbólica.

PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA INTESTINAL

por Luis Orani



Recoleta

Un sketch de Susana colgado en YouTube; no carga, Speedy anda mal en el Espacio Fundación Telefónica. Reedición del ciclo Mecánica Popular, coordinado por Fernando García. Invitada: Ana Wortman. Público de ocho personas. Gacetilla: Digitalización o Barbarie. Ser culto en tiempos de digitalización. Qué define esa noción social en 2009, una buena biblioteca o la destreza en la manipulación de “aparatos”. Va bien, aunque se vuelve demasiado al tipo grande que snobea rehuyendo a la tecnología —en parte por las intervenciones de espectadores entrados en años—. García cuenta que Daniel Santoro no sabe encender su PC. Wortman vincula esto al principio nostalgioso de la obra del pintor. García dice que Santoro se hubiese enojado con el lema de las reuniones: Alpargatas sí, Windows no. Hay gente aferrada a la cultura libresca y gente que no puede librarse de los modelos reconocibles de barbarie.

Caballito

Acompaño a mi novia a una de las jornadas de reforma del plan de estudio de Antropología, en Puán. Todo muy dinámico, por suerte, porque sólo estoy al tanto de las modificaciones necesarias en la orientación en arqueología, y no puedo distinguir el esquema de antropo social en la diapositiva proyectada por el claustro de estudiantes del muro de asignaturas del South Harmon Institute of Technology. De ser viable, supongo, será divertido. Hacia el final, Neufeld cuestiona la propuesta de estudiantes de no incluir ninguna materia con contenidos de gestión, arguyendo que es deseable un funcionario formado en la carrera y que es pueril la oposición entre la política y “lo bueno”. Se arma algo de revuelo. Mi novia nota que está rodeada por chicas allegadas a los estudiantes expositores y empieza a bardear en voz alta. Cuando aminora el barullo, una militante global con dreadlocks toma la palabra:

—Queremos mantener el carácter crítico de la profesión.

Quilmes

Oído en una pizzería céntrica, horas después de la victoria por dos a uno del Cervecero ante Unión:

—Para mí es de gil festejar.

—Pará, vieja, sos hincha de Quilmes, le ganás al puntero.

—Siempre nos ilusionamos al pedo. Además, ¿a vos te gusta Bianco?

—No, es un cagón.

—¿Y los dirigentes no están haciendo concha al club?

—Sí, son una mierda.

—¡Entonces estás festejando la fiesta meisznerista!

—Si te vas a hacer malasangre con el partido a mí no me enrostres que festejo, careta. Hacete de Boca.

Bosques

Un amigo va a un cumpleaños, en la verde barriada de Bosques, a pasitos de Ruta 2. Me cuenta que, entre la cantidad de invitados y la música electrónica de alguien puesto en DJ, le llama la atención un flaquito diminuto de cara durísima, charlando con otro pibe:

—El metalero de Varela tiene apoyar el metal. Es así. Este es el cumpleaños de Carlos y Carlos es metalero. ¿Qué es esto? Hay que hacer algo. Es el cumpleaños de Carlos.

El flaquito se acerca a la parrilla, donde el cumpleañero, como el buen baterista que es, atiende a dos manos un asado multitudinario.

—Carlos, a mí me parece que deberíamos estar escuchando metal.

—No jodas, boludo, está pasando música el gordo.

EL REY

por Diego Vecino



1. Queremos reivindicar aquí a Michael Jackson y su papel en la historia de la humanidad. Su espectacular carrera en la industria cultural lo convirtieron en la bisagra entre la modernidad en decadencia y el floreciente nuevo orden conservador: el último mojón del ideal humanista de universalidad y el gran entertainer (enigmática figura deudora directa del imaginario de la ilustración), como lo definió Oprah en una entrevista que –solo en los EE.UU. – vieron en vivo más de 90 millones de televidentes. The King of Pop fue tanto un símbolo de la era Reagan como Black Flag y la cultura alternativa.

2. La historia de Michael Jackson es decadente como, en lo total, lo son los ’80 y los ’90, y está repleta de excentricidades y exageraciones, como el partido conservador y el peronismo y los grandes movimientos populares, en general. Una contundente megalomanía informa su derrotero vital; entre otras cosas, el rancho Neverland, la mansión con zoológico en el backyard donde Michael tocó o no a algunos niños durante los ’90, y el disco más vendido en la historia, el genial Thriller de 1982. Ahora, el primer dato es una frivolidad. El segundo, en cambio, es impresionante. Michael fue la cúspide del desarrollo y expansión sin precedentes de las industrias culturales en su fase inicial de acumulación, siendo como es la industria musical la más plebeya entre todas y, por eso, la más dinámica. Toda la humanidad y toda la cultura, en algún u otro sentido, se encuentra representada en la industria. Y es, de todas, la que más perfectamente define los mecanismos del “nuevo espíritu del capitalismo”, desde sus márgenes hasta su centro: el perpetuo y denunciado movimiento de estabilización de "lo nuevo" en culturas de producción. No así en el cine, aunque es lo más parecido, y mucho menos en la mustia y pretenciosa literatura, perpetua y fantasiosamente replicada por sus actores no como una industria capaz de expandirse sino como un conjunto de saberes superiores, que otorgan un dudoso prestigio de campo chico que es necesario restringir. Por supuesto, no es casual que revistas como la Inrockuptibles o la Rolling Stone tengan secciones literarias mayormente conservadoras, que funcionan en las antípodas de la tarea de monitoreo de tendencias o coolhunting de las secciones centrales sobre rock. Pero esto es otro tema.

3. Hay dos lecturas que se pueden hacer de la industria de la música y, por ende, de Michael Jackson, como su mejor intérprete y máxima figura. En la primera, se considera una punto de emergencia genuino y subversivo, emocionante, que progresivamente se serializa e ingresa en una cadena de producción y venta a nivel global. Michael Jackson elimina, en este sentido, el sentido verdadero de formas culturales como el soul, el funk y el rhytm&blues (culturas, por otra parte, en las que introdujo genuinas innovaciones estéticas y políticas). Es la interpretación flan de los progresistas blancos y adornianos, de aquellos que creen tienen algo qué perder y que no es dinero. La otra es la que me interesa un poco más.

4. A pesar de lo que muchos creen, la industria de la música no trabaja en función de grandes estrategias globales de comercialización y grandes mercados transnacionales, sino diversificada en nichos y pequeños mercados de audiencias especializadas, carteras y géneros que definen comunidades de producción restringida. Solo en casos excepcionales se consiguen hits mundiales. De todos los artistas y sellos, radios y clubes existentes, menos de un 1% llegan al mercado global. Y un porcentaje menor se mantiene un tiempo superior a los doce meses. Michael Jackson fue el emergente más cabal de esa lógica marginal. El hito que definiría el pulso de la industria discográfica de los años de reinado del pop –la contrafaz demócrata del rock, que equilibró la hegemonía política del republican party con ecologismo y el I love my MTV de Dire Straits, como el modernismo amparó la deficiente modernización en América Latina– fue el Live Aid, en 1985, visto por televisión por un tercio de la población mundial en simultáneo –en ese momento, más de 3 mil millones de personas. El himno de esas jornadas fue We are the World, de Michael Jackson, y probablemente cambió el mundo. Admítanlo o no, es una canción mucho más genuina que esto.

5. Hace unos días fuimos a ver This is it con la Colorada, el documental que empezó a circular por estas semanas a lo largo y ancho del mundo. Son las grabaciones del final rehersal del recital que, con el mismo nombre, tenía preparado Michael Jackson para volver a salir de gira mundial por última vez en su carrera. La película es impresionante y proporciona excelentes indicios para pensar la manera en que funciona la industria de la música y, en particular, ese esquema de world tour nacido consolidado en los ’80 (recordar la gira ZooTV de U2, los Sabatella del rock mundial), que de alguna manera fija el movimiento general de la cultura occidental hacia la internacionalización y la manera en que se organizan las industrias culturales en la fase del capitalismo tardío. No estamos hablando, por supuesto, de un movimiento perverso e imperialista, sino de todo lo contrario: un genuino gesto formador de conciencias y liberador. Michael fue un entrepeneur de escalas globales que imagina el incendio de su chaqueta sobre el final de Beat it –una lugar común histórico del marketing rockero– y a cada instante apuesta las cualidades por las cuales fue quien sigue siendo: el rey. Se sabe absolutamente todos los acordes, escalas y tempos de sus canciones, y requiere de su banda –de la concha de la lora– un nivel de sistematización y perfección inexistente. En todo, Michael representa el genio, pero también la profesionalización de una actividad que, vulgar y adolescentemente, se concibe únicamente creativa o subversiva, y reniega de su organización en función de los criterios que impone la división internacional del trabajo y el movimiento progresista hacia la democratización de saberes específicos de un campo de producción y consumo restringido, leitmotiv último de toda una industria que, aunque con sus zonas de mayor prestigio "intelectual", entiende que requiere de una audiencia consumidora porque gracias a dios jamás formó una academia y hasta se jactó de ello. Extrañamente, Michael no es un mercenario, sino un tipo –muy raro, es cierto– que cree en lo que hace, y que lo hace con pasión. No son entonces, como decíamos, las innovaciones genuinas que introdujo al interior de géneros consolidados por lo que fue y será el gran Michael Jackson, sino por la producción de un mito conmocionante y global alimentado por narraciones históricas del imaginario occidental en profunda transformación. Un verdadero gran relato en el centro de la era del fin de los grandes relatos.

6. Mientras escribo estas líneas, Michael Jackson se ha transformado en el artista en facturar más plata post-mortem.

Sambajotierra

por Mariano Abrevaya Dios



Estoy seguro de que la línea C de subterráneos de nuestra ciudad de Buenos Aires es la que más gente lleva y trae desde Retiro a Constitución, y viceversa. No afloja. Alcanza con darse una vuelta por la populosa estación Diagonal Norte, debajo del obelisco, y ver la enorme cantidad de trabajadores que llegan desde el sur del conurbano bonaerense para cumplir funciones como mano de obra en las tantas empresas de servicios que están instaladas en el centro y micro centro (limpieza, seguridad, gastronomía, construcción, y otros).

En este contexto, bajo tierra, y arriba de una formación que metía un ruido infernal, una tarde de hace unos días atrás, entre las estaciones Moreno y Avenida de Mayo, escucho, primero de manera difusa, sucia, y a los pocos segundos con mayor claridad, el sonido de una pequeña campana. El sonido no llegaba de manera aleatoria sino más bien con un patrón que empecé a notar, se repetía. Y en seguida se impuso otro sonido, más cálido, y grave, mezclado con uno más, filoso y reiterativo. Detecté, siempre en cuestión de segundos, que las tres variantes juntas marcaban un ritmo. No puede ser, pensé. Estiré el cuello y sí. En el otro vagón, a mitad de camino, un retrato fascinante: cuatro hombres con la remera amarilla de la selección brasileña tocaban samba en el medio del vagón. Encaré para allá y me puse de espaldas contra la puerta de salida, cerca de ellos. En el pasillo, el más robusto de los cuatro, negro, por supuesto, boca y labios anchos, dientes muy blancos y la sonrisa más grande de las cinco líneas de subterráneos, cantaba Maria Luisa, la samba de Antonio Carlos Jobim, con una sonoridad admirable. Tenía un tono de voz firme, grave, y profundo, y se le entendía todo. Con la manota le daba a un pandeiro de parche sintético, el grande, de doce pulgadas, visiblemente gastado, con mucha noche y morro encima. La gente, los laburantes, creo yo, poco acostumbrados a semejante color, y alegría, no les sacaban la vista de encima, y hasta los más reacios y distraídos movían los piecitos al ritmo de la batería de instrumentos de percusión que habían invadido el vagón.

Llegamos a la estación Avenida de Mayo. Y vino bárbaro porque ni bien cedió el infernal ruido del tren en movimiento, terminó de brotar con una energía maravillosa, no solo la canción, su melodía, sino también el sonido de los parches. Muchos pasajeros, sobre el andén, frenaban su marcha para ver cómo los brasileños metían samba bajo tierra. Desde los otros vagones también doblaban el cuerpo para ver qué pasaba. Arrancamos.

Contra la otra puerta del vagón, frente a mí, el que tocaba el zurdo parecía ser el mayor de los cuatro. Era muy flaco y tenía una sombra de barba de tres o cuatro días. Tocaba con mucha soltura y modificaba la clave cada dos o cuatro compases. Pegado a él, un pibe de no más de veinte años que, con la cabeza gacha, repiqueteaba sobre el redoblante que le colgaba de la cintura. El tercero, y último, era un muchacho de rulos que se entretenía como un nene tocando una clave en seis, rabiosa, sobre un agogo oxidado. Los tres, sin excepción, bailaban, muy sutilmente, en coreografía, al mejor estilo bloco de samba.

Terminó Maria Luisa y el aplauso fue masivo y generoso. Los músicos agradecían a un lado, al otro, agachaban la cabeza, e incluso percibí algún cachete ruborizado. ¿Otra?, quiso saber el que dirigía la batuta, irresistible, entrador, con la cara transpirada. Sí, papa. Y así fue. El del zurdo buscó la atención de sus compañeros, marcó la cuenta, y arrancaron. El cantante se corrió hasta el medio del vagón y se puso a bailar con ese paso sensual y profundamente negro que tanto nos cuesta imitar, mientras hacía girar el pandeiro sobre su dudo índice.

Llegamos a Diagonal Norte, mi parada. Puse dos mangos sobre el pandeiro dado vuelta que me ofreció el grandote, salude a los otros tres con la mano levantada, les deseé mucha suerte, y claramente agradecidos, me despidieron con sonrisas. Se cerraron las puertas, de nuevo la gente mirando para dentro del vagón, la colorida y sonora sorpresa.

Recién cuando recibí en la cara la luz y el aire fresco del día soleado, ya en la calle, caí en la cuenta de que hacía unos minutos, bajo tierra, y ante el despliegue del espectáculo de samba, me había emocionado. Es que haberme cruzado ese cóctel brasileño, mestizo, negro, amarillo, verde océano, poli rítmico y pobre (por que a los tipos no les sobraba absolutamente nada), en nuestra línea C, fue enriquecedor. No solo para mí, sino también, me animo a pensar, para los trabajadores del sur del conurbano bonaerense que se desloman en la city porteña

CULTURA SAMPLEADA. Sobre HOMO SAMPLER, de Eloy Fernández Porta

Por Hernán Vanoli




Obsesionado con la idea de buscar nuevos conceptos para pensar nuevas relaciones sociales, el español Eloy Fernández Porta presenta su propio “ensayo sobre tendencias en el arte y la cultura contemporáneos”, un género que se distingue por su gran nivel de generalidad y refleja un cierto hastío en los estudios culturales más específicos. Pero, al mismo tiempo, el libro se salva por su retórica descontracturada y su lectura herética de los clásicos académicos.



Sin resignar la vocación teórica, el resultado de este doble desafío es un trabajo donde la “imaginación sociológica” reclamada por Charles Wright Mills funciona a través de la composición de metáforas técnicas, arquetipos sociales y figuras discursivas ilustrados con un vertiginoso bombardeo de ejemplos sacados del cine, el cómic, el rock, la literatura y las artes visuales. Con el objetivo de indagar en las facetas de la condición Afterpop (después del pop), Fernández Porta intenta reenfocar los diagnósticos sobre la cultura masiva propios de la Escuela de Frankfurt y sus continuadores, como también la lectura del pop formulada por Arthur Danto. Sus argumentos, convincentes y filosos, se fundamentan en el ascenso del kitsch al estatuto de lo clásico, en el desmantelamiento de las ilusiones de autenticidad modernas y de las parodias posmodernas, y en la urgente necesidad de reflexionar sobre el espacio que se abre entre las nuevas sensibilidades de consumo (entendido el mismo como “impulso a lo comunal”) y el actual régimen de producción de mercancías y de obras artísticas.



El libro, saboteado por la jerga ibérica que la editorial Anagrama intenta imponer a nivel latinoamericano, se articula alrededor de tres géneros de producción cultural que cifrarían el devenir de lo contemporáneo: el UrPop, el RealTime y el Trash Deluxe. Si el Urpop se entiende como una aparición parpadeante de lo atávico en manifestaciones culturales que oscilan entre un indecidible “simulacro de brutalidad” y la “verdadera brutalidad” de una civilización que abandonó la idea de progreso, y el concepto de RealTime intenta dar cuenta de un tiempo gobernado por las grandes usinas de relatos mediáticos (que conjugan en forma paradójica el ritmo de la ética protestante con el paroxismo del espectáculo) y entorpecido por los pequeños nodos de producción simbólica, el Trash Deluxe aparece como la verdadera condición dominante: hoy, lo real y los realismos llevarían las marcas de la producción-basura elevada al rango de verdad por medio de una pátina pop. Las subculturas y la estetización de lo mediocre, que en los noventa acontecían como singularidad, habrían llegado actualmente a lugares hegemónicos desde que el trash colonizó al pop. Por eso, la propuesta no consistiría en tratar a los fenómenos actuales como basura, sino en rastrear los ecos de lo trash en la alta cultura y de mirar con refinamiento lo sucio de la midcult (cultura media). El Trash Deluxe, signado por la libertad expresiva, la contaminación, la incongruencia, el maximalismo y la emulación fallida, secuestra asimismo la mirada del espectador y lo obliga a ser cómplice de las imposibilidades de los personajes en juego por medio de una posición irónica que, al carecer de cinismo, puede terminar redimiendo a los productores y productos supuestamente bajos.



A pesar de ser demasiado catalán, Homo Sampler es también una reescritura híper escolarizada de Momo Sampler, el disco que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota publicaron en el año 2000 (Fernández Porta dice: “la actitud Urpop sería filmar la precuela de Godzilla sabiendo que va a fracasar comercialmente”). Por otro lado, y aunque el autor intenta hacerse cargo, el mismo concepto de Homo Sampler es bastante parecido al de semionauta que Nicolás Bourriaud proponía en Post-Producción (Adriana Hidalgo, 2006). Detalles, a fin de cuentas, incapaces de ensombrecer las verdaderas joyas hermenéuticas contenidas en el libro, que van desde una lectura de Cortázar como artista Afterpop que dialoga con los mecanismos de la publicidad, hasta la prefiguración de Charles Bukowski como un “realista intermitente” opuesto al star-system de Hollywood. En ese marco, Homo Sampler muestra un innegable afán renovador, y lo sugestivo de su enfoque convive con dos limitaciones quizás más importantes. Primero, a Fernández Porta podría reclamársele lo mismo que él le pide a su maestro Baudrillard: menos floreo verbal y más aplicación local de las teorías. Su arqueología de las clases medias y su lectura del ciberpunk merecerían, en este aspecto, una mayor profundidad. Por último, y esto se orienta antes que nada al lector local, las tendencias propuestas por el libro dejan escapar y a veces simplemente ignoran muchos matices de sociedades fragmentadas, con tradiciones culturales complejas y acaso periféricas como la Argentina.

Publicado hace unos meses en la revista Ñ.


PD: no podía privarme de publicar esta foto vía Cippodromo