por Los Hermanos Dios
Si hace no tantos años atrás el imaginario social ideaba un Ministerio de Seguridad, las opciones pasaban por Carlos Ruckauff, Luis Abelardo Patti, Aldo Rico o, con suerte, algún personaje circunstancial de la política, tibio y obsecuente, que dijera las palabras que “la gente” quisiera escuchar pero que por lo bajo delegue toda la responsabilidad y el poder en las fuerzas de seguridad. Por eso pensábamos: “che, mejor que no se le de tanta estructura a la seguridad, va a empeorar todo y va a aumentar la represión”.
Durante aquellos años los ministros casi no aparecían en actos públicos, mezclados entre militantes de todos los estratos sociales. Con el surgimiento del kirchnerismo la política volvió a dar la cara. Ejemplos sobran: con la creación de planes sociales, Alicia Kirchner podía ir a un acto repleto de banderas y arengar como una militante más. Recuperando y mejorando las fuentes laborales, Carlos Tomada podía subirse a un palco y dar un discurso ante miles de trabajadores. Extendiendo al presupuesto en Educación, Daniel Filmus podía recorrer las escuelas y las universidades sin ningún problema. Abriendo un espacio en su agenda, Aníbal Fernández podía ir a ver al Indio Solari, junto a miles de pibes de todo el país.
Sin embargo, esta relación estrecha, transpirada, de la política con el pueblo, nunca tuvo un correlato para el área de Seguridad. Ningún ministro que estuvo a cargo del tema se presentó ante un auditorio de militantes sociales, familias pobres, adolescentes perseguidos por la policía, para hablar, específicamente, de seguridad. Las medidas eran anunciadas desde la Rosada o la Quinta de Olivos, ante funcionarios y la prensa.
Para los barrios y los locales partidarios quedaban los foros de participación, cooptados por los comisarios, y por donde circulaba un discurso reaccionario, y las políticas públicas de seguridad habían llegado hasta la determinación de no reprimir la protesta social, una medida de oro para este proyecto, pero insuficiente para instalar un nuevo paradigma.
Pero la tortilla se está dando vuelta y el fuego que la quema es muy intenso.
El miércoles pasado presenciamos un acto político inaudito, protagonizado por Nilda Garré, en el mítico teatro Verdi del barrio de la Boca. La convocatoria estuvo a cargo de una corriente kirchnerista en la que confluyen varias agrupaciones: Comedor Los Pibes, Causa Popular, Espacio Comunarte, Corriente Política 17 de agosto y Nuevo Encuentro de la Comuna 4. Desde que ella asumió como ministra es la cuarta o quinta vez que se presenta ante los militantes y vecinos de un barrio, en lugares públicos, sin seguridad ni cámaras de televisión de los grandes medios.
Quinientas personas, en su mayoría mujeres y hombres y chicos que viven apiñados en los conventillos de madera de la Boca, escucharon atentamente un discurso político memorable que dejó varias definiciones.
El acto empezó con un homenaje a Néstor Kirchner, a 6 meses de su muerte. Nilda miraba atenta el video que mostraba al ex Presidente leyendo el poema de Joaquín Enrique Areta. Quisiera que me recuerden, decía él. Y ella, sentada detrás de una mesa alargada, comenzó a lagrimear, sin vergüenza. Miraba las imágenes, de costado, y se secaba las lágrimas con la mano derecha.
Con todo lo que viene haciendo el Ministerio de Seguridad y con el discurso que después nos iba a regalar, Nilda, tácitamente, también estaba diciendo “quisiera me recuerden”. Que la recuerden por intentar una reforma integral y verdadera, profunda y racional, de la Policía Federal Argentina, por empezar a pagar esta pesada deuda interna que tiene nuestro país.
Después de la lectura de adhesiones, tomó la palabra Lito Borello, referente del Comedor Los Pibes. Dijo que las organizaciones sociales del barrio pasaron de la resistencia al neoliberalismo, una época nefasta donde la marginación y el hambre se llevaron la vida de muchos vecinos, a formar parte, hoy, como organización, de un proceso de reconstrucción integral. Y le dijo a Nilda que nunca antes un ministro de seguridad se había sentado junto a ellos en su barrio. Aplausos, agite, y canciones de su gente a favor de una banca como legislador en la Ciudad.
Nilda recordó que el teatro Verdi fue escenario de distintas luchas en defensa de los derechos de los humildes y de los trabajadores. Y que el enemigo entonces, ahora y siempre, es el mismo: las corporaciones económicas, que cambian de nombre, de aspecto, de herramientas, pero que siempre son los mismos.
“Ustedes saben que el área que me ha tocado no es fácil”, confesó, entre risas propias y ajenas. “Pero es un desafío atractivo, impresionante”, agregó. E inmediatamente, desde las gradas, alguien le gritó “¡Fuerza, Nilda!”. “Gran parte de nuestra sociedad tiene una negación con la conflictividad, y en realidad”, agregó, “el conflicto es un elemento esencial para el desarrollo de las sociedades”. “El desafío de nuestro gobierno”, clarificó, “es gestionar esa conflictividad. Ni ocultarla, ni mucho menos, reprimirla”.
Garré se quejó de que se siga criminalizando la pobreza, a través, por ejemplo, de la figura de la “usurpación”, y en relación a los desalojos ordenados por la Justicia, tan de moda mediática por estos tiempos. “Estas sentencias no consideran las necesidades de estas familias que no tienen donde vivir”. “La política del Estado Nacional es ir a los lugares, conocer y reconocer la problemática y evaluar soluciones. La respuesta no debe pasar por la represión”. Siempre con la mirada al frente, y la atenta mirada de sus compañeros de panel, dijo que existen determinados conflictos sociales que no se resuelven de ninguna manera con la policía, sino con la intervención multiagencial del Estado con otras áreas. “La policía reprime el delito pero no resuelve la conflictividad social”, explicó, y de nuevo el aplauso cerrado de todo el teatro.
“No tenemos una actitud anti policial, como quieren hacer creer algunos medios. Todo lo contrario. La PFA es necesaria, imprescindible, pero tiene que estar al servicio del pueblo, ser honesta y transparente, y recuperar sus mejores tradiciones”. Dijo que cuando un muchacho entra a la escuela de policía lo hace para servir a la gente y no para corromperse. “Ese muchacho no está pensando en sobornar a un comerciante o a presionar a un vendedor ambulante, o inmigrante, para compartir su ganancia”. “Hay muchos policías que corren peligro en la calle, que sufren el frío, el calor, que ponen su cuerpo al servicio de las necesidades de la gente, y esos no merecen que un grupo minoritario, o no tan minoritario, no sólo no hagan lo que tienen que hacer, sino que además sean socios de los delincuentes”.
Las flameadoras sacudían el aire cálido del teatro, y desde el fondo, donde la gente estaba de pié, llegaban las voces de los más chiquitos, en los brazos de sus madres, también chiquitas, o pateando una botellita de plástico.
“Es necesario que los policías entiendan las políticas de derechos humanos no como una frase sino como una práctica”.
En relación a los cambios de nombres que ordenó recientemente para las escuelas donde se educan los oficiales y suboficiales, habló de una rémora de treinta años. “Las escuelas de policía tenían el nombre de represores notorios. Ese era el mensaje subliminal que recibían los policías”.
En ese momento sonó un celular, replicado por el micrófono de la mesa. Era el de ella. Pidió disculpas. “Estoy esperando un llamado de la Presidenta”. Se levantó y se perdió en las sombras del escenario. “Mandale muchos besos a Cristina”, gritó alguien desde abajo. Cuando regresó, a los pocos minutos, la ministra dijo: “La presidenta me preguntó dónde estaba, por qué tanto barullo, le expliqué que estaba con ustedes. Les manda muchos saludos”. Aplausos, gritos, y una canción a favor de la reelección.
Después Garré se extendió sobre la política de participación ciudadana que impulsa el Ministerio. “La política de seguridad no es ni policial, ni judicial, ni penitenciaria, ni siquiera exclusiva del Poder Ejecutivo. Es de todos. La construimos entre todos o de lo contrario no vamos a tener una seguridad democrática”. “La gente tiene que controlar a la fuerza policial. Qué mejor que los destinatarios del servicio de seguridad para evaluar ese servicio”, subrayó. Y confió que muchos policías se quejan de este control popular diciéndole a la Ministra que para eso estaba la Superintendencia de Asuntos Internos. “Hay que dejar de ser espectador, para ser actor”.
“Ni la política de defensa es de los militares ni la política de seguridad es de los policías”, dijo. “Es la conducción civil con control y el aporte del pueblo las que ejecutan las políticas públicas”, confirmó, levantando una nueva ola de aplausos. “Algunos policías le tienen miedo al protagonismo popular porque son socios de los delincuentes. Y otros simplemente por una actitud endogámica, corporativa.
Un perro flaco y marrón atravesó el pasillo del centro del salón, y cuando llegó hasta el escenario, dio una, dos vueltas, y se tiró en el suelo, a los pibes de los legisladores y referentes del barrio de la primera fila. Un periodista de anteojos que llevaba una mochila en la espalda, a un costado, tomó nota, seguramente, apostando al color de su crónica.
“Los que más sufren el delito son los humildes. Siempre fue así. Sin embargo”, detalló Nilda, “hay más policías en la Recoleta que en Lugano”. Y anunció que uno de los objetivos de su cartera es redistribuir los recursos humanos y técnicos. Habló de las mejoras tecnológicas para la fuerza, y también de las mejoras en las condiciones de trabajo a nivel salarial. “Sabemos que los agentes se juegan la vida y no queremos que sufran jornadas laborales tan extensas ni que el cansancio baje su rendimiento”.
Como broche, Nilda abrió el juego, y les dio la palabra a los vecinos. Uno habló de la persecución que sufren los vendedores ambulantes. Otra, con pechera del Comedor Los Pibes, expresó agradecimiento y emoción por sentirse escuchada, y un pibe de Soldati, le contó que en su barrio la policía se lleva presos a los consumidores pero no a los punteros que venden pasta base. “Están arreglados y eso lo sabe todo el barrio”. Su intervención fue muy aplaudida, y sus amigos, todos con remeras del espacio que conforman en su barrio, le dieron abrazos y palmas en la espalda. Nilda habló un rato sobre la comercialización y consumo del paco, y el trabajo que están haciendo junto a, por ejemplo, Eugenio Zaffaroni, de la Corte Suprema de Justicia.
Ni nosotros ni todo el resto de los militantes, vecinos, salía del asombro. Cuando bajó del escenario, le hicimos unas preguntas para el diario, y ella, entre gritos y distintos pedidos que le hacía la gente, respondió, mirándonos a los ojos, firme y convincente.
En la calle, sobre la avenida Almirante Brown, la esperaba la noche oscura de la Boca, y las decenas de militantes que la despedirían, con las flameadoras ganando el cielo, mientras la cumbia a todo volumen que habían metido los organizadores, desparramaba alegría, y esperanza.